El conflicto llegó con la primavera.
Tomás apareció en el rancho con dos hombres y una sonrisa sucia. Quería dinero. Decía que Clara, como hija de Julián Valdés, tenía derecho a reclamar una vieja parcela de la familia, y que
Clara comprendió enseguida la trampa. No venía por arrepentimiento. Venía por interés.
—No voy a volver —dijo, firme.
Tomás soltó una carcajada.
—No te estoy preguntando.
Elías dio un paso al frente.
—Sí, la estás preguntando. Y ella ya respondió.
Tomás lo miró con desprecio.
—Mira nada más. El sordo ya habla.
Elías no se movió.
—Y escucha lo suficiente para saber que debes largarte.
La tensión explotó cuando uno de los hombres intentó agarrar a Clara del brazo. Elías lo golpeó de un empujón seco que lo lanzó contra el corral. Los caballos se inquietaron. Tomás llevó la mano al cinturón, donde Clara sabía que guardaba una navaja.
Y en ese instante, sonó otra voz desde la entrada del rancho.
—Yo no haría eso si fuera tú.
Era don Benjamín Salgado, un ranchero mayor que
vivía varias leguas al norte, acompañado por otros dos vecinos armados. Habían oído rumores, habían visto movimientos extraños, y decidieron acercarse.
No todos en el mundo miraban hacia otro lado.
Benjamín desmontó con calma.
—La señora Barragán no se va con nadie. Y si quieren pleito, van a tener que darnos explicaciones a todos.
Tomás, que solo era valiente cuando creía tener ventaja, retrocedió. Maldijo, escupió al suelo y se fue amenazando con volver. No volvió.
Con el tiempo, la historia del rancho cambió. El doctor de la región, llevado por Benjamín, examinó a Elías y dejó por escrito que la criatura en su oído había sido la causa del sufrimiento y de la pérdida de audición parcial, y que Clara, con una sangre fría poco común, le había salvado la vida. Aquello no borró los años robados, pero sí devolvió dignidad donde antes hubo burla.