26 Años Después, un Multimillonario Encontró a su Primer Amor en la Pobreza – TAN

Parte 2:

Alejandro regresó lentamente a su camioneta, pero antes de abrir la puerta una fecha empezó a repetirse en su cabeza.
Cuatro años atrás. La única vez en veintiséis años que había regresado al pueblo. La noche en que él y Mariana volvieron a encontrarse.
La misma noche que los dos habían intentado enterrar como si nunca hubiera ocurrido. Sofía tenía tres años.
Alejandro apoyó una mano sobre la camioneta y volvió a mirar hacia la casa. De pronto, aquellos ojos verdes dejaron de parecer una coincidencia.
Pero había algo todavía peor. Mariana había perdido su trabajo con los Robles exactamente en aquella misma etapa de su vida: cuando desaparecieron casi dos millones de pesos y ella quedó señalada sin que apareciera una sola transferencia hecha por ella.
Alejandro recordó lo que doña Chayo había dicho: nunca encontraron el dinero, pero la acusación bastó para destruirla.
Entonces entendió que

no podía presentarse otra vez exigiendo respuestas sobre Sofía mientras Mariana seguía cargando sola con aquella historia.
Primero necesitaba saber qué había ocurrido realmente con los Robles. Encendió la camioneta y, en lugar de regresar a Guadalajara, tomó el camino que llevaba hacia el rancho donde Mariana había trabajado.

PARTE 3

El Rancho Los Robles se levantaba detrás de una cerca de piedra y un portón de hierro que parecía más apropiado para una hacienda turística que para un negocio ganadero.

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Alejandro estacionó frente a la entrada y observó durante unos segundos.Có thể là hình ảnh về trẻ em

Veintiséis años atrás, la familia Robles ya tenía dinero.

Ahora tenían poder.

Y el poder, Alejandro lo sabía mejor que nadie, casi siempre dejaba rastros cuando alguien creía que podía usarlo sin consecuencias.

No preguntó directamente por Mariana.

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Se presentó como empresario interesado en tierras de la zona.

El apellido Mendoza abrió puertascon una facilidad que lo incomodó.

 

Don Ernesto Robles aceptó recibirlo esa misma tarde.

Era un hombre de casi setenta años, cabello completamente blanco, botas costosas y una sonrisa demasiado segura.

—Me dijeron que anda comprando terrenos por aquí —comentó Ernesto mientras servía tequila.

—Estoy evaluando inversiones.

Alejandro caminó lentamente por la oficina.

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Diplomas.

Fotografías familiares.

Reconocimientos empresariales.

Y detrás del escritorio, varias carpetas antiguas perfectamente ordenadas.

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