—¿Desde dónde?
—Todavía lo estamos rastreando.
—¿Entraron?
—No.
Miró a Elena.
—Pero utilizaron credenciales antiguas de Genevieve.
Elena palideció.
—Saben que estoy aquí.
Entonces se apagaron las luces.
Solo durante tres segundos.
Las luces de emergencia
se encendieron.
Prescott sacó su arma.
—Todos abajo.
—Mis hijos.
—Ya hay hombres con ellos.
Escuchamos una explosión seca afuera.
No era una bomba.
Un transformador.
Alguien había cortado la energía principal.
Los generadores entraron inmediatamente.
Después sonaron las alarmas.
—Puerta este —dijo Prescott por radio.
Dos vehículos habían intentado acercarse utilizando credenciales de una empresa de mantenimiento.
Fueron detenidos antes de entrar.
No hubo tiroteo.
No hubo batalla.
Cuando la policía llegó, los ocupantes dijeron que habían recibido instrucciones para recoger “material médico confidencial”.
Uno de ellos llevaba una orden de trabajo falsificada con el logotipo de Halcyon.
Eso fue suficiente para que todo cambiara.
Antes del amanecer, nuestros abogados habían contactado a autoridades competentes y entregado copias de la evidencia.
A las seis, Franklin recibió una llamada.
—Lawson.
Su cara era distinta.
—¿Qué?
—Un hospital universitario en Boston participó indirectamente en una fase del desarrollo.
—¿Tienen la terapia?
—
Tienen una versión del protocolo y un equipo que conoce el procedimiento.
—¿Pueden tratar a Jonah y Blythe?
—Están revisando los expedientes ahora.
—¿Cuánto tiempo?
—Horas.
Miré el reloj.
Nunca había odiado tanto esa palabra.
Horas.
Jonah y Blythe quizá solo tenían días.
A las nueve llegó otra llamada.
Franklin contestó.
Escuchó.
Después se sentó.
—¿Qué dijeron?
Me miró.
—Aceptaron evaluarlos.
No significaba que vivirían.
No significaba que el tratamiento funcionaría.
Solo significaba que todavía existía una puerta.
Y yo iba a atravesarla.
El traslado se realizó esa misma tarde.
Elena quiso irse.
—No —le dije.
—Señor Mercer…
—No eres prisionera.
—Entonces déjeme ir.
—Puedes irte.
Me acerqué.
—Pero quiero preguntarte algo.
—¿Qué?
Le entregué el collar.
—¿Por qué esperaste dos años?
Su rostro se derrumbó.
—Porque tuve miedo.
—¿De Sloane?
—De todos.
Miró el collar.
—Después de la muerte de Genevieve dejé Chicago. Cambié de nombre durante un tiempo.
Pensé que si desaparecía, estaría segura.
—¿Qué cambió?
—Vi un artículo.
—¿Sobre qué?
—La gala de su fundación.
Recordé la fotografía.
Jonah y Blythe aparecían conmigo.
Todavía tenían cabello.