Era una notificación dirigida a Mariana relacionada con el mismo edificio.
Y abajo aparecía claramente el apellido Cárdenas.
Su apellido.
—¿Qué es eso? —preguntó Alejandro.
Mariana apretó el documento contra el pecho.
—Nada que tenga que ver con usted.
—Mi apellido está ahí.
La mujer guardó silencio.
Alejandro extendió la mano.
—Mariana… déjeme verlo.
Ella retrocedió.
Y entonces Lucía dijo algo que hizo que ambos adultos se quedaran completamente quietos.
—Mamá, ¿ese es el papel que dijiste que nunca debía ver el dueño?
Alejandro dejó de mirar a la niña.
Clavó los ojos en Mariana.
Porque acababa de comprender que los tres meses de renta atrasada quizá no eran la verdadera razón por la que esa familia estaba en problemas.
Y que alguien relacionado con su propia empresa podía saber exactamente lo que estaba pasando.
—Enséñeme ese documento —dijo.
Mariana respiró hondo, abrió lentamente la hoja y señaló una firma al final de la página.
Alejandro reconoció el nombre de inmediato.
Era alguien en quien llevaba años confiando.
Y justo cuando empezó a leer lo que esa persona había hecho con Mariana y Lucía…
Mariana le arrebató la hoja.
—Antes de seguir leyendo —susurró—, necesito decirle por qué su empresa quería que mi hija y yo abandonáramos este departamento.
Alejandro sintió que el estómago se le cerraba.
Porque él jamás había ordenado desalojarlas.
Y alguien había usado su nombre para hacerlo.
—Antes de seguir leyendo —susurró Mariana—, necesito decirle por qué su empresa quería que mi hija y yo abandonáramos este departamento.
Alejandro no respondió.
Solo miró el documento que ella apretaba contra el pecho.
Lucía seguía sentada frente a la máquina de coser, observándolos con esos ojos enormes que parecían entender mucho más de lo que una niña de siete años debería entender.
—Yo jamás ordené que las desalojaran —dijo Alejandro.
Mariana soltó una risa breve, sin humor.
—Pues alguien lo hizo usando su nombre.
Sacó la hoja otra vez y la extendió sobre la mesa.
Alejandro leyó.
“Notificación de terminación anticipada.”
Más abajo aparecía el nombre de su empresa: Grupo Cárdenas Patrimonial.
Y al final, una firma.
Roberto Salgado.
Alejandro sintió que algo le apretaba el pecho.
Roberto no era cualquier empleado.