—Su hijo murió anoche… pero si usted está demasiado ocupado para escucharme, no se preocupe. Ya me encargo yo de todo.
Mi suegro colgó antes de que pudiera terminar la frase.
Me quedé mirando la pantalla del celular y, por primera vez en años, sonreí.
La noche anterior me había sentido mal y salí a una farmacia de la Ciudad de México. Cuando regresé a casa, encontré a mi esposo, Mauricio Alcántara, inmóvil dentro de la tina.
Su tableta había caído al agua.
Había un cargador cerca.
Todo parecía un terrible accidente eléctrico.
Corté la corriente y llamé inmediatamente a emergencias. Policía, paramédicos, peritos… todos pasaron por la casa.
No encontraron señales de que alguien hubiera entrado.
Mauricio fue declarado muerto esa misma noche.
Dos días después, yo ya tenía el certificado de defunción, sus documentos sucesorios y hasta una urna carísima porque, en vida, mi esposo jamás aceptó nada que no fuera “de primera”.
—Mira, Mauricio —murmuré frente a la urna—. Hasta muerto sigues gastando como millonario.
La diferencia era que ahora el dinero era mío.
Y era muchísimo.
Durante siete años de matrimonio yo había creído que Mauricio administraba los dividendos de las acciones que heredé de mis padres.
Resultó que sí los administraba.
Solo que para él.
Había convertido buena parte de aquel dinero en inversiones, propiedades y oro.
Doscientos kilos de oro.
Y yo sabía perfectamente dónde estaban.
Antes de llamar nuevamente a mis suegros, marqué al señor Octavio Alcántara, padre de Mauricio.
—¿Cómo sigue doña Elena de su cirugía del corazón? —pregunté educadamente.
Él resopló.
—Valeria, estoy ocupado con la inauguración de la nueva planta farmacéutica. Si tienes tiempo, prepárale algo nutritivo a Mauricio. Esta noche habrá cena con proveedores y seguro beberá de más.
—Pero yo quería decirle que Mauricio…
—Después hablamos.
Me colgó.
Y bloqueó mi número.
Muy bien.
Si no quería escuchar, no era mi problema.
Una hora después llegué con mi abogada y una empresa de mudanzas a una residencia de cuatrocientos metros cuadrados en Bosques de las Lomas.
La escritura estaba a mi nombre.
La mujer que vivía allí no.
Se llamaba Renata Guevara.
Aunque en redes y en la oficina insistía en presentarse como “Renée”.