Por primera vez, Lucía no tuvo que pedir permiso para descansar.
Mientras tanto, la realidad golpeó a doña Carmen y sus hijas.
Brenda terminó trabajando en una tienda de celulares 9 horas diarias.
Karla entró de mesera en una fonda donde lavaba montañas de platos.
Sofía empezó a vender ropa usada en un tianguis.
Doña Carmen, que tanto presumía su fortaleza, tuvo que limpiar casas ajenas para pagar comida.
La vida les enseñó con dureza lo que nunca quisieron aprender con humildad.
Pasaron 6 meses.
Una tarde, alguien tocó la puerta.
Diego abrió.
Era doña Carmen.