Me llamaron estéril después de 8 años de relación, mi novio eligió a otra y su familia me humilló durante la boda. Yo no grité; guardé el informe médico y me marché. Cuando mi jefe dijo: “Mi hijo tiene el mismo problema, quizá deberían casarse”, acepté conocerlo. Cinco meses después estaba embarazada de trillizos…

PARTE 1

—Una mujer que no puede darte hijos es tierra estéril, Mauricio. Agradece que Valeria tuvo la dignidad de hacerse a un lado.

Teresa Cárdenas pronunció aquellas palabras frente a casi cien invitados, en medio del salón de un hotel de Polanco, mientras sujetaba a Valeria del brazo como si estuviera exhibiendo una mercancía defectuosa.

Mauricio, el hombre con quien Valeria había compartido ocho años de su vida, no dijo nada.

A su lado, su nueva esposa, Renata, hija del dueño de la empresa donde él trabajaba, bajó los ojos intentando ocultar una sonrisa incómoda.

Valeria sintió que algo se rompía dentro de ella.

Un año antes, un médico le había asegurado que sufría infertilidad primaria y que sus posibilidades de embarazarse eran prácticamente nulas. Mauricio había llorado con ella aquella tarde. Dos semanas después comenzó a distanciarse. Tres meses más tarde terminó la relación.

Ahora estaba casándose con otra.

—Te deseo una casa llena de niños —respondió Valeria, retirando lentamente su brazo de la mano de Teresa—. Pero jamás vuelvas a hablar de mi cuerpo como si te perteneciera.

Salió del hotel sin llorar.

Trabajaba como restauradora en un instituto de conservación histórica de la Ciudad de México. Esa tarde regresó al taller y se encerró entre pergaminos, pinceles y documentos antiguos.

Estaba restaurando un manuscrito colonial con la imagen de un águila herida cuando alguien tocó la puerta.

Era Rafael Alcázar, director general del instituto.

Un hombre de casi sesenta años cuya presencia bastaba para silenciar cualquier pasillo.

Observó durante unos segundos el manuscrito y luego la miró directamente.

—Me enteré de lo ocurrido en esa boda.

Valeria sintió vergüenza.

—Preferiría no hablar de eso.

—Yo sí necesito hablar contigo.

Rafael cerró la puerta.

—Mi hijo Alejandro tiene azoospermia. Durante años le dijeron que probablemente nunca podría ser padre.

Valeria creyó haber escuchado mal.

Entonces él añadió algo todavía más absurdo.

—Tú crees que eres estéril. Mi hijo cree que también lo es. Ninguno tendría que prometerle hijos al otro. Podrían casarse y dejar de vivir bajo el juicio de sus familias.

Valeria soltó una risa seca.

—¿Me está proponiendo casarme con un desconocido?

—Te estoy proponiendo conocerlo.

Tres días después, antes de que pudiera darle una respuesta, Renata apareció furiosa en su taller.

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