PARTE 2
Su mirada… no mostraba pánico.
No había sorpresa AU.
Era… fría.
Distante.
Como si yo fuera una completa desconocida.
Sentí que el corazón se me apretaba.
—¿Tú…? —mi voz tembló, casi no salió.
El hombre se quedó inmóvil unos segundos. Sus ojos recorrieron mi rostro… como evaluando, como tomando una decisión.
Luego habló:
—Señora, creo que se equivoca.
Una frase simple. Educada. Pero… cruelmente distante.
Negué con la cabeza, con lágrimas en los ojos.
—No… no puede ser… eres tú… —di un paso hacia él—. Tú… eres Javier… mi esposo…
En cuanto pronuncié su nombre… algo cambió.
Muy rápido.
Muy sutil.
Pero lo vi.
Sus pupilas se contrajeron.
Una reacción instintiva.
Él conocía ese nombre.
Sin duda.
—No sé de qué está hablando —respondió, esta vez con voz más baja—. Nunca la he visto.
Mi corazón latía con fuerza.
—¡¿Y esa cicatriz entonces?! —casi grité, señalando su sien—. Te la hiciste trabajando… tú mismo me lo dijiste…
—¡Basta!
Me interrumpió. Por primera vez, perdió el control.
El aire se volvió pesado.
Nos quedamos en silencio, mirándonos.
Luego… suspiró.
PARTE 3
El suspiro de Javier fue largo, pesado, como si arrastrara el peso de un secreto insostenible. Se pasó una mano por la cara y me miró fijamente. La frialdad de su rostro pareció resquebrajarse por un segundo, dejando ver una sombra de dolor o cansancio antes de volver a ponerse la máscara.
—Ven conmigo —dijo en un susurro apresurado, mirando hacia ambos lados de la calle—. Aquí no podemos hablar. Nos están observando.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta y echó a andar a paso rápido hacia un callejón cercano. Las piernas me temblaban, pero la desesperación por entender qué estaba pasando fue más fuerte que la duda. Lo seguí.
Nos adentramos en la sombra de los edificios hasta detenernos detrás de un viejo almacén. Javier se giró hacia mí, cruzándose de brazos, manteniéndose a una distancia prudente.
—Tienes que irte de aquí —dijo con urgencia en la voz—. No debiste haberme buscado. Para el mundo… y para ti, yo estoy muerto.
—¿De qué estás hablando? —las lágrimas me nublaban la vista, pero la rabia empezaba a mezclarse con el dolor—. ¡Llevo dos años llorándote! ¡Pensé que habías muerto en aquel accidente! ¿Cómo puedes pedirme que me vaya como si nada?
—¡Porque si te ven conmigo, no vas a salir viva de esta ciudad! —sentenció él en un susurro violento, agarrándome firmemente por los hombros.
Sus manos… eran las mismas manos cálidas que me habían abrazado durante años, pero el tacto ahora me helaba la sangre. Su mirada no era de rechazo, sino de puro terror.
—Javier… por favor, explícame —supliqué, tocándole el rostro—. Dices que no te conozco, pero tus ojos te delatan. Sé que eres tú.
Él cerró los ojos un instante, apretando la mandíbula al sentir mi contacto. Cuando los abrió, había una resolución sombría en ellos.
—El hombre con el que te casaste tuvo que desaparecer para protegerte —confesó con la voz rota—. Cometí un error en el trabajo, involucré a la gente equivocada y la única forma de mantenerte a salvo era que me dieran por muerto. Si descubren que sé quién eres, nos matarán a los dos.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Antes de que pudiera procesar sus palabras, el eco de unos pasos pesados resonó al principio del callejón. Javier me empujó rápidamente detrás de unos contenedores de basura y me puso una mano en la boca.
—Ni una palabra —me susurró al oído, con el aliento agitado.
A través de la penumbra, vi la figura de dos hombres vestidos de negro aproximarse. Uno de ellos sacó un objeto del bolsillo que brilló bajo la tenue luz del farol.
PARTE 4: en la página siguiente.PARTE 4
La sombra metálica en la mano del hombre no dejaba lugar a dudas: era un arma.
El corazón me martilleaba en el pecho con tanta fuerza que estaba segura de que nos descubrirían. La mano de Javier sobre mi boca apretaba con firmeza, pero sentía cómo le temblaban levemente los dedos. Estaba tan asustado como yo.
—¿Viste a alguien por aquí, Marco? —preguntó uno de los hombres, con una voz rasposa que retumbó en las paredes de ladrillo.
—Me pareció ver a alguien doblar la esquina —respondió el otro, dando pasos lentos, calculados, haciendo crujir los cristales rotos del suelo—. Pero tal vez solo fue un gato. O el jefe volviéndose paranoico otra vez.
Los dos hombres se detuvieron a apenas tres metros de nuestro escondite. Aguanté la respiración, sintiendo la espalda pegada a la pared fría del almacén. Javier me miró directamente a los ojos en la oscuridad; en su rostro ya no había frialdad, solo una súplica desesperada para que no me moviera ni un milímetro.
—Asegúrate bien —dijo el primero—. Si ese imbécil de Javier sigue con vida o intenta contactar a alguien de su pasado, no nos van a pagar el trabajo completo.
El tipo llamado Marco dio un paso más hacia los contenedores. Levantó el arma, apuntando hacia la penumbra donde nos ocultábamos.
Javier me soltó lentamente la boca, me miró una última vez con una ternura dolorosa que reconocí de inmediato —la misma mirada de las mañanas de domingo en casa— y me susurró al oído apenas con el roce de sus labios:
—Cuando te diga “ya”, corres hacia la calle principal. No mires atrás. Te amo.
Antes de que pudiera protestar o sujetarlo del brazo, Javier salió de detrás de los contenedores de un salto, pateando una lata vacía hacia el lado opuesto del callejón.
—¡Hey! ¡Buscaban a Javier, ¿no?! —gritó a pleno pulmón, alejándose de mí.
—¡Ahí está! ¡Muévete! —vociferó uno de los perseguidores.
El sonido de un disparo ensordecedor retumbó en la noche, seguido por el eco de pasos frenéticos alejándose. Me quedé helada, encogida en la penumbra, escuchando cómo el amor de mi vida volvía a arriesgarlo todo para salvarme, mientras el eco de la detonación aún resonaba en mis oídos.