Y Adriana, desde la caseta de Tomás, observaba cómo el hombre que había intentado matarla se desmoronaba sin que ella tuviera que tocarlo.
Pero la venganza no era lo más importante.
Necesitaba pruebas.
Tomás contactó a una fiscal que conocía por un antiguo caso, la licenciada Verónica Ibarra. Ella fue clara:
—El análisis de sangre ayuda. Tus mensajes ayudan. Pero para acusarlos por intento de homicidio necesitamos conectar la sustancia con ellos y, de ser posible, obtener una confesión.
Adriana pensó durante varios segundos.
Entonces sonrió.
Tenía una idea.
Con maquillaje, peluca y lentes de contacto, se presentó días después ante Héctor como “Eva Santillán”, una inversionista interesada en comprar la cadena hotelera pese al fideicomiso.
Lo citó en el restaurante de un hotel de Polanco.
Héctor llegó agotado, sin dormir y desesperado por dinero.
Adriana pidió bebidas para ambos. La suya era sin alcohol. La de él, no.
Después de tres copas, Héctor empezó a hablar.
Primero se quejó de Adriana.
Luego de la herencia.
Después dijo algo que hizo que ella apretara la mano debajo de la mesa.
—Yo pagué demasiado por esos hoteles —murmuró—. Un año entero esperando que esa mujer se apagara y todavía me dejó problemas desde la tumba.
La grabadora escondida en el bolso seguía funcionando.
Pero antes de que Adriana pudiera hacerlo hablar más, el celular de Héctor vibró.
Era un mensaje de Lorena.
Y contenía una fotografía que cambiaría por completo el plan.
Adriana la vio reflejada en la pantalla.
Lorena estaba abrazando a otro hombre dentro de su propia casa.
Y Adriana reconoció inmediatamente quién era.
Era Javier Salinas, el competidor que llevaba años intentando quedarse con sus hoteles.
Entonces comprendió que Lorena no solo había traicionado a su jefa.
También estaba preparando la caída de Héctor.
Y lo que Adriana descubrió después hizo que decidiera terminar el juego esa misma noche.
Adriana no dijo nada frente a Héctor.
Solo terminó su bebida, fingió revisar unos documentos y se despidió con la promesa de llamarlo al día siguiente.
En cuanto subió al auto donde Tomás la esperaba, se quitó la peluca.
—Lorena está con Javier Salinas.
Tomás la miró de reojo.
—¿El competidor?
—El mismo que me hizo tres ofertas de compra en dos años. Si ella está con él, esto no empezó como una simple aventura con mi esposo. Esa mujer quería entrar a la empresa desde el principio.