Solo aparté la mirada unos segundos y mi hijo ya estaba en el suelo de una tienda de lujo, junto a un florero de 185 mil pesos hecho pedazos. “No llamen a la policía”, ordenó un hombre desde la puerta. Al reconocerlo después de ocho años, abracé a mi hijo y guardé silencio… porque él aún no sabía que una carta, un teléfono escondido y una mentira familiar estaban a punto de destruir todo lo que creía cierto.

Y volvió a enamorarse.

Sin prisas.

Hubo cine, cafés, caminatas mientras Mateo estaba en su taller de astronomía.

Alejandro no intentó besarla hasta que ella quiso acercarse.

Una tarde, viendo a Mateo aprender a andar en bicicleta, Mariana lo observó correr detrás del niño sujetando el asiento.

—¡Suéltame, papá! —gritó Mateo.

Alejandro retiró la mano.

El niño avanzó solo.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Miren!

Tres segundos después terminó dentro de un arbusto.

Los tres comenzaron a reír.

Alejandro volvió junto a Mariana con una hoja atorada en el cabello.

—¿De qué te ríes?

Mariana lo miró.

Habían pasado meses desde la última vez que sintió miedo de que él desapareciera.

Sin decir nada, tomó su mano.

Un año después regresaron al mismo centro comercial donde todo había comenzado.

Mateo iba a entrar a segundo de primaria y necesitaban comprar nuevos útiles.

Después de terminar, insistió en subir por la escalera eléctrica.

Al llegar al segundo piso, se detuvo frente a la tienda de decoración.

—¿Se acuerdan?

Mariana soltó una carcajada.

—Créeme que sí.

Ya no había enormes floreros cerca de la entrada. Los objetos pesados estaban contra las paredes y había varios letreros de seguridad.

Mateo miró a Alejandro.

—Papá.

—¿Qué?

—Si yo no hubiera roto aquel florero, ¿nunca nos habrías encontrado?

Alejandro pensó unos segundos.

—Probablemente no.

Mateo sonrió satisfecho.

—Entonces estuvo bien que lo rompiera.

—¡No! —respondieron Mariana y Alejandro al mismo tiempo.

Mateo se echó a reír.

Entonces Mariana notó que Alejandro había dejado de hacerlo.

Él metió una mano dentro de su saco.

Sacó una pequeña caja oscura.

—¿Alejandro?

Él se arrodilló.

La gente comenzó a detenerse.

—Compré este anillo hace nueve años, antes de irme a Sonora.

Mariana llevó una mano a su boca.

—Pensaba pedírtelo cuando regresara. Durante años quise tirarlo y nunca pude.

Abrió la caja.

Era un anillo sencillo con una pequeña piedra.

—Una vez permití que otras personas decidieran nuestra vida. También permití que mi orgullo terminara el trabajo que ellas comenzaron. No quiero volver a cometer ese error.

La voz de Alejandro tembló.

—Mariana, no puedo devolverte los años que perdimos. Pero quiero cuidar todos los que todavía tenemos. ¿Te quieres casar conmigo?

Mariana lloraba abiertamente.

—¿Y si digo que no?

Alejandro sonrió.

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