—No te perdono —respondió Mariana.
Teresa bajó la mirada.
—Lo entiendo.
—Quizá algún día. Pero Mateo no tiene la culpa. Puede conocerte con condiciones. Nunca hablarás mal de mí ni de mi abuela delante de él. No comprarás su cariño con regalos. Y nunca intentarás hacerle creer que debería vivir en otro lugar porque tú puedes darle más cosas.
—Acepto.
Doña Elena golpeó ligeramente el piso con su bastón.
—Y si alguna vez vuelves a pensar en él como un niño “inferior” por cómo nació o dónde vive, ni siquiera regreses.
Teresa tragó saliva.
—No lo haré.
La primera reunión fue en una cafetería familiar.
Mateo observó a Teresa con cautela.
—Yo ya tengo abuela.
Teresa asintió.
—Lo sé. Y parece que tienes una muy buena.
—¿Tú sabes de planetas?
—Casi nada.
Mateo se acomodó en la silla.
—Entonces te puedo enseñar.
Habló durante cuarenta minutos.
Teresa lo escuchó sin interrumpir.
A la hora acordada, Mateo se despidió llamándola simplemente “Teresa”.
Ella no protestó.
Meses después, un día le dijo por primera vez:
—Nos vemos, abuela Teresa.
La mujer llegó a su automóvil y permaneció mucho tiempo sentada sin arrancar.
El cumpleaños número ocho de Mateo fue distinto.
Alejandro pidió permiso para comprar un solo regalo.
—¿Qué quieres darle? —preguntó Mariana.
—Un telescopio.
—Puedes.
Alejandro eligió uno sencillo pero de buena calidad.
Cuando Mateo abrió la caja, permaneció inmóvil.
—¿Es mío?
—Tuyo.
—¿Puedo ver Saturno?
—Si tenemos suerte, hasta sus anillos.
Mateo dejó la caja y abrazó a su padre.
Alejandro cerró los ojos.
Aquel abrazo valía más que cualquier año de negocios.
Después llegaron los viernes.
Una noche, Alejandro telefoneó a Mariana.
—Quiero invitarte a cenar.
—¿Con Mateo?
—No.
Ella guardó silencio.
—Como mujer, Mariana. No como mamá de mi hijo.
—Alejandro…
—Si dices que no, te invito otra vez el próximo viernes.
Mariana terminó riéndose.
Aceptó.
Su primera cita fue en un pequeño restaurante en la colonia Americana. No hablaron de Mateo ni de Teresa.
Hablaron de ellos.
Mariana le contó que siempre había querido estudiar administración, pero después del embarazo tuvo que trabajar.
Alejandro descubrió que la joven que había amado ya no existía.
Frente a él había una mujer distinta, más fuerte, irónica y mucho más cuidadosa con sus emociones.