Un mes más tarde Mauricio me llamó.
—Necesito decirte algo.
—Te escucho.
—Pedí una auditoría interna.
Me quedé en silencio.
—¿Qué encontraron?
Tardó unos segundos en responder.
—Dos operaciones más con firmas cuestionables. Una involucra a una prima. La otra… me involucra a mí.
Cerré los ojos.
La sospecha que había nacido frente a la casa de Daniela era real.
Arturo llevaba años tratando los consentimientos familiares como obstáculos administrativos.
—Tú fuiste la primera persona que se dio cuenta —dijo Mauricio.
—No fui la primera a la que se lo hicieron.
—No. Solo fuiste la primera que decidió no dejarlo pasar.
Aquella frase me acompañó durante semanas.
Ricardo llamó a finales de noviembre.
Yo estuve a punto de no contestar.
Pero lo hice.
—La auditoría está mal —dijo—. Mucho peor de lo que creíamos. Mauricio logró que el consejo la aprobara completa.
—Lo siento por las personas afectadas.
Hubo silencio.
—¿Puedo preguntarte algo que no tiene que ver con mi papá?
—Pregunta.
—Nunca quisiste saber cómo empezó lo de Laura.
Tenía razón.
Mi suegra se lo había preguntado.
Sus amigos también.
Seguramente hasta su abogado conocía la historia.
Yo jamás había preguntado.
—No necesitaba escuchar una explicación diseñada para hacer que diez meses parecieran diez minutos.
—No quiero hacer eso —respondió—. Solo quiero decirte la verdad.
Esperé.
—No hubo un momento exacto. Fueron cien cosas pequeñas. Laura me escribía porque una llave del lavabo goteaba y yo iba a ayudarla. Luego me invitaba un café. Después empezamos a ir al gimnasio juntos. Hablar con ella se sentía fácil.
—Porque no era tu esposa.
—Sí.
Su respuesta me sorprendió.
—En casa tú estabas cansada. Trabajabas muchísimo. Cuando llegaba y te veía preocupada, sentía que estaba fallando y no sabía qué hacer.
—Así que te ibas con alguien frente a quien no tenías responsabilidades.
Ricardo tardó en responder.
—Supongo que sí.
—Eso no significa que yo fuera difícil, Ricardo. Significa que tú preferiste sentirte admirado en otro lugar antes que aprender a ser pareja donde realmente importaba.
—Lo sé.
Su voz perdió por primera vez aquel tono controlado que utilizaba para solucionar problemas empresariales.
—Le conté cosas de nuestro matrimonio que no tenía derecho a contar. Dejé que Laura creyera que tú eras fría, que me controlabas… porque era más fácil que decirle que yo estaba mintiendo.