No conocía mi historia personal.
Solamente conocía el caso profesional.
—Parece que alguien hizo bien su trabajo —añadió.
Sonreí.
—Eso intentó.
En febrero volvió a llamar Mauricio.
La auditoría había provocado consecuencias importantes.
Arturo se retiró de las operaciones diarias mientras abogados y especialistas revisaban otros movimientos.
Además, una de las personas afectadas decidió presentar su propia reclamación de manera independiente.
—Mi papá siempre decía que en una empresa familiar uno tiene que confiar en la familia —me contó Mauricio.
—La confianza no debería significar firmar por ellos.
—Lo sé.
En marzo vi a Laura.
Fue por casualidad, en el estacionamiento de un supermercado.
Me reconoció antes de que yo pudiera evitarla.
Parecía cansada.
—Ricardo y yo ya no estamos juntos.
No dije nada.
—Duramos poco después de que ustedes se separaron.
—Entiendo.
—Supongo que cuando desapareció el secreto también desapareció todo lo demás.
Aquello fue probablemente lo más sincero que Laura me había dicho.
Luego sonrió con tristeza.
—¿Sabes qué es lo peor? Descubrí que es muy difícil confiar en un hombre cuando sabes exactamente lo bien que sabe mentirle a una mujer que duerme a su lado.
Podría haberle dicho muchas cosas.
Que ella había participado.
Que yo le advertí.
Que eso se llamaba consecuencia.
No lo hice.
—Espero que algún día encuentres lo que realmente estabas buscando —respondí.
Me di la vuelta.
No sentí triunfo.
La justicia no siempre se siente como una victoria espectacular.
A veces simplemente se siente como dejar de cargar algo.
Cuando llegó abril, planté jitomates, chile serrano y albahaca en el pequeño jardín de la casa.
Ricardo siempre decía que no teníamos tiempo para cultivar nada.
Descubrí que sí tenía tiempo.
Lo que no tenía antes era espacio.
Espacio mental.
Espacio emocional.
Espacio para hacer algo sin preguntarme si incomodaría a otra persona.
Una tarde encontré en el clóset el vestido verde que había usado el día del aniversario.
El mismo que llevaba cuando conduje hasta la casa de Laura esperando descubrir una infidelidad y terminé descubriendo algo mucho más grande.
Pensé en tirarlo.
Después cambié de opinión.
Lo llevé a la tintorería.
Semanas más tarde me lo puse para cenar con Daniela.
—¿Ese no es…? —preguntó.