Mateo siguió a Lucía hasta la pequeña casa sin atreverse a tocar a ninguno de los tres niños. Había llegado a San Miguel del Valle pensando en una parcela y en un contrato que podía convertir su empresa en algo todavía más grande, pero ahora tenía frente a él una pregunta que ningún negocio podía resolver: qué había ocurrido durante los dos años en que decidió desaparecerkara.
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Lucía cerró la puerta detrás de ellos y dejó al niño que lo había llamado papá sobre una cobija. El pequeño se acomodó sin miedo, como si aquel hombre que acababa de conocer no fuera un extraño, sino alguien que llevaba mucho tiempo esperando.
Mateo permaneció junto a la entrada.
No sabía dónde poner las manos.
No sabía qué decir.
Y, sobre todo, no sabía cómo mirar a los tres niños sin recordar que había ignorado cada llamada de la mujer que
ahora los protegía con el cuerpo entero.
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Lucía se acercó a un cajón viejo de madera.
Lo abrió.
Sacó una pulsera diminuta de hospital.
La colocó sobre la mesa.
—Él fue el que casi no lo logra —dijo, señalando al pequeño que había corrido hacia Mateo en el campo.
Mateo tomó la pulsera.
Era demasiado pequeña para imaginarla alrededor de una muñeca humana.
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La sostuvo entre dos dedos mientras miraba al niño.
—¿Qué pasó?
Lucía respiró hondo.
El embarazo había sido complicado desde el principio. Cuando descubrió que esperaba tres bebés, no tuvo tiempo de pensar en la sorpresa ni en la felicidad que alguna vez había imaginado compartir con Mateo. Primero tuvo que pensar en cómo pagar las consultas, cómo seguir trabajando y cómo evitar que las deudas terminaran por llevarse lo poco que tenían.
Y Mateo ya no estaba.
Se había ido con la promesa de
regresar cuando tuviera dinero.
Después dejó de contestar.
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Cambió de número.
Las cartas que Lucía enviaba al lugar donde antes podían encontrarlo regresaban sin respuesta.
Mientras tanto, ella siguió adelante.
Trabajó en la milpa.
Remendó ropa ajena por las noches.
Vendió comida los domingos.
Y llevó un embarazo que exigía más de lo que sus fuerzas podían darle.