Creyeron que habíamos muerto después de lanzarnos por un precipicio y mi nuera todavía llevaba el anillo que me había robado mientras decía: “Todo esto ya nos pertenece”. Mi esposo me pidió que no llorara, llamó al abogado y bloqueó cada cuenta. Al día siguiente, nuestro hijo preparó dos ataúdes vacíos sin saber quién entraría por la puerta trasera.

PARTE 1

—¿Ya estarán muertos los viejos? —escuché decir a mi hijo desde lo alto del barranco.

Reconocería la voz de Daniel aunque pasaran cien años. La misma voz que de niño me llamaba “mamá” cuando tenía fiebre, ahora hablaba de nuestra muerte con la tranquilidad de quien pregunta si ya sacaron la basura.

Yo estaba tendida entre piedras, ramas y tierra húmeda, varios metros debajo del mirador de la Sierra Gorda de Querétaro. Me dolía todo el cuerpo. A mi lado, mi esposo Roberto respiraba con dificultad; tenía la frente abierta y la camisa desgarrada.

Entonces escuchamos a Paola, nuestra nuera.

—Por fin vamos a respirar. Vendemos la casa, cobramos los seguros y se acabó mantener a estos dos.

Daniel soltó una risa.

—Diremos que se acercaron demasiado para tomarse una foto. Con la lluvia de anoche, cualquiera se resbala aquí.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

Horas antes, Daniel había llegado a nuestra casa diciendo que quería compensarnos por haberse alejado tanto. Propuso llevarnos a conocer varios miradores cerca de Pinal de Amoles. Yo hasta preparé tortas para el camino, feliz porque hacía meses que nuestro único hijo no pasaba un día completo con nosotros.

En el mirador, Paola se ofreció a tomarnos una foto.

—Párense un poquito más atrás —nos dijo sonriendo.

Fue lo último que escuché antes de sentir dos manos empujándome.

Roberto alcanzó a sujetarme y giró su cuerpo para amortiguar parte de la caída. Por eso seguíamos vivos.

Cuando escuchamos que el automóvil arrancaba, quise gritar, pero Roberto me cubrió la boca.

—No hagas ruido, Elena.

—¡Nos quisieron matar!

—Lo sé.

Metió una mano debajo de su camisa y sacó una pequeña grabadora. Una luz roja seguía encendida.

Me quedé mirándolo.

—¿Por qué traes eso?

Roberto cerró los ojos unos segundos.

Desde hacía semanas había notado cosas extrañas. Daniel entraba a su estudio cuando creía que nadie lo veía. Había preguntado demasiado por las escrituras de nuestra casa de Juriquilla y por un terreno que compramos veinte años atrás. Incluso quiso saber dónde guardábamos nuestras identificaciones.

Roberto instaló una cámara discreta en el estudio y descubrió a Daniel fotografiando documentos.

No sabía que planeaba matarnos, pero sí sospechaba que quería cometer algún fraude.

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