PARTE 1
—Ya que tanto te gusta avergonzar a esta familia, hoy te casarás con el hombre más pobre que encontramos —dijo mi madrastra frente a todos, mientras mi hermana me grababa con el celular y mi padre no se atrevía a mirarme.
Yo llevaba un vestido blanco rentado que me quedaba grande de los hombros. Afuera del pequeño salón municipal de Zacatlán caía una llovizna helada, y frente a mí estaba Gael Ortega: alto, sin afeitar, con botas manchadas de lodo, una chamarra vieja impregnada de olor a pino y un cordón sustituyendo la agujeta de uno de sus zapatos.
—Miren a los recién casados —se burló Fernanda, mi media hermana—. Daniela, acércate. Quiero que salga completa la foto de la heredera de los Villaseñor con el leñador que duerme en un aserradero abandonado.
Algunos invitados rieron.
Gael no.
—Baja el teléfono —dijo.
Fernanda abrió los ojos.
—A ti nadie te preguntó.
—Ella no es un objeto.
Mi padre, Sergio Villaseñor, siguió mirando los escalones mojados.
La víspera yo todavía trabajaba en nuestra fábrica textil de Puebla, revisando proveedores y nóminas porque, aunque oficialmente era “auxiliar administrativa”, durante tres años había evitado que varias áreas cerraran.
Todo cambió por Mauricio Rivas.
Mauricio había llegado a casa presentado como un inversionista de Ciudad de México dispuesto a salvar la fábrica, que debía más de ciento ochenta millones de pesos. Mi madrastra, Lorena, estaba convencida de que él se casaría con Fernanda y resolvería nuestros problemas.
Durante la cena, Mauricio mostró mucho más interés en mis opiniones sobre la planta que en Fernanda.
Después, Lorena me ordenó llevar café al jardín interior.
Mauricio me siguió y comenzó a hacerme preguntas sobre la fábrica.
Entonces aparecieron Lorena, Fernanda y mi padre.
Fernanda ya estaba grabando.
—Así que por eso no dejabas de pasar frente a él —me acusó.
—Tu mamá me mandó con el café.
—Te dije que dejaras la charola afuera —mintió Lorena sin pestañear.
Mauricio intentó aclararlo, pero Fernanda comenzó a llorar. Lorena aseguró que yo quería quitarle el prometido a mi hermana y que el escándalo destruiría cualquier posibilidad de inversión.
A medianoche, mi padre entró a mi habitación.
—Mañana te vas.