Encontraron recetas, pagos en efectivo a la farmacia, copias del testamento, pólizas de seguro y una carpeta con cálculos impresos sobre el valor de seis hoteles boutique que Elena había heredado de su padre y ampliado con Mauricio.
También encontraron un documento preparado, todavía sin firma, para modificar el fideicomiso de Camila.
Con ese cambio, Ignacio habría podido vender dos propiedades antes de que la niña cumpliera la mayoría de edad.
El plan no consistía solo en esperar.
Consistía en quedarse con todo.
Mientras tanto, Ignacio permanecía en terapia intensiva.
La dosis que había bebido era enorme. El talio ya había empezado a afectar sus nervios, su corazón y su sistema digestivo, pero el tratamiento comenzó pocas horas después de la ingestión.
Sobrevivió.
Despertó al cuarto día.
Rodrigo estaba revisando los monitores cuando vio que abría los ojos.
Ignacio intentó moverse. No pudo.
Luego vio al policía sentado junto a la puerta.
Su pulso subió.
—No intente hablar todavía —dijo Rodrigo—. Tiene un tubo en la garganta. Se lo retiraremos en aproximadamente una hora.
Ignacio lo miró con terror.
Rodrigo se inclinó un poco.
—Usted fue intoxicado con talio. El contenido del frasco que supuestamente había comprado para su esposa.
Los ojos del hombre se abrieron más.
—Elena está viva. Camila también. Patricia Robles fue detenida. La farmacia está clausurada. El notario declaró. Su teléfono fue revisado.
Una lágrima salió del ojo derecho de Ignacio.
Rodrigo no supo si era dolor, miedo o rabia.
—La niña vertió todo el frasco en su té —continuó—. Si no lo hubiera hecho, tal vez nadie habría descubierto nada todavía.
Ignacio cerró los ojos.
Rodrigo acomodó la sábana y se enderezó.
—La policía dice que tiene derecho a guardar silencio. Yo solo vine a decirle que va a vivir.
Ignacio volvió a abrirlos.
Por un instante pareció aliviado.
Rodrigo terminó:
—Y va a tener tiempo de escuchar todo lo que encontraron.
Después salió del cubículo.
Tamara lo esperaba afuera con café.
—¿Te da lástima? —preguntó ella.
Rodrigo bebió un sorbo.
—Soy médico. Mi trabajo es que sobreviva.
—No fue lo que pregunté.
Rodrigo miró a través del vidrio.
—No. No me da lástima.
Durante las siguientes semanas, Elena y Camila mejoraron lentamente.