PARTE 1
—Mi mamá va a vivir con nosotros y tú tendrás que cuidarla. No puedo pagar una enfermera y, al fin y al cabo, eres mi esposa.
Mariana se quedó mirando a Rodrigo con el teléfono todavía pegado al oído.
Aquella mañana él la había llamado desde un hospital de Querétaro. Su madre, doña Teresa, había sufrido un derrame cerebral. Según Rodrigo, el lado derecho de su cuerpo había quedado paralizado, apenas podía hablar y necesitaría atención las veinticuatro horas.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó Mariana.
—Hasta que se recupere. Unas semanas, quizá meses.
Mariana miró el segundo dormitorio de su departamento en Juriquilla. Durante casi un año había imaginado ese espacio con una cuna, un armario blanco y juguetes. Ella y Rodrigo llevaban tiempo intentando tener un hijo.
Esa misma tarde, una camioneta se detuvo frente al edificio.
Rodrigo bajó primero. Después apareció una silla de ruedas.
Doña Teresa estaba encorvada, con la cabeza ligeramente inclinada y una expresión ausente. Mariana sintió un nudo en el pecho.
Desde aquel día su vida dejó de pertenecerle.
Se levantaba a las cinco y media para preparar el desayuno, acomodar a Teresa, darle sus medicamentos y cambiarle el pañal antes de salir a trabajar. Al mediodía regresaba cuando podía para revisar que todo estuviera bien. Por la noche preparaba comida, la bañaba, la giraba en la cama para evitar llagas y volvía a cambiarla.
Teresa apenas movía los ojos.
Rodrigo, en cambio, seguía viviendo casi como antes.
—Estoy muerto —decía al regresar del trabajo, tirándose en el sofá—. Hoy hubo muchísimo tráfico.
Mariana lo miraba con ojeras, las manos irritadas por el jabón y el desinfectante.
—Tu mamá lleva una hora quejándose. ¿Puedes ayudarme a cambiarla?
—Tú lo haces mejor.
Y volvía a mirar el celular.
Por las noches era peor.
Teresa gemía desde el dormitorio.
Mariana corría asustada pensando que se estaba ahogando. Le acomodaba la almohada, revisaba el pañal, le ofrecía agua.
Rodrigo ni siquiera despertaba.
Después de seis semanas, Mariana había perdido casi seis kilos.
Una compañera de la oficina le preguntó si estaba enferma.
—Solo estoy cansada.
No quería quejarse. Se repetía que Teresa era una mujer enferma y que abandonar a alguien en ese estado sería inhumano.