La gente sonreía con ternura o con burla cuando lo mencionaba. “Qué lindo recuerdo”. “Los niños prometen cualquier cosa”. “Seguro ni se acuerda de ti”.
Ella sonreía también.
Pero guardaba silencio cuando, algunas noches, abría una caja antigua donde conservaba una mitad de pulsera de plata. La otra mitad se la había llevado Mateo.
El vigésimo quinto aniversario de Grupo Montes llegó en medio de problemas. La cadena arrastraba deudas ocultas, hoteles envejecidos y un proyecto fallido en Puerto Vallarta que había drenado millones. Don Ricardo organizó una gala enorme para aparentar fuerza.
Invitó prensa, políticos, empresarios y posibles inversionistas.
Necesitaba cerrar una alianza que salvara el grupo.
Isabella lo sabía porque había escuchado a los abogados hablar en voz baja: si esa noche no aparecía capital fresco, en menos de seis meses tendrían que vender activos históricos.
La gala fue en el Hotel Imperial, la joya antigua de la familia. Candelabros restaurados, flores blancas, violinistas junto a la escalera principal. Todo perfecto por fuera.
Por dentro, miedo.
Isabella llevaba un vestido azul oscuro y la paciencia agotada. Saludaba sonriendo mientras veía a su padre fingir seguridad con una copa en la mano.
—Hoy llega alguien importante —le dijo él sin mirarla—. Compórtate profesional.
—Siempre lo hago.
—No me contradigas frente a él.
—Ni siquiera sé quién es.
Don Ricardo acomodó el saco.
—El fundador de Grupo Cruz Altamira.
Isabella frunció el ceño. El nombre le sonaba de todos lados: desarrollos inmobiliarios, tecnología hotelera, energía limpia, inversiones internacionales. Una empresa que en menos de diez años había explotado como pocas en México.
—¿El joven millonario de Monterrey? —preguntó un socio acercándose—. Dicen que vale más de novecientos cincuenta millones.
—Y creciendo —respondió su padre con una sonrisa ensayada.
Isabella apenas escuchó la cifra.
Cruz.
Sintió algo extraño, casi ridículo, subirle por el pecho.