No. Imposible.
A las nueve con diez, la entrada principal se abrió.
Primero entraron asistentes, luego seguridad discreta, después un hombre alto con traje gris oscuro, espalda recta y una calma rara, de esas que no necesitan demostrar nada. Tendría unos treinta y cinco. Moreno por el sol, mandíbula firme, mirada serena.
Toda la sala giró hacia él.
Don Ricardo avanzó con ambas manos extendidas.
—Señor Cruz, es un honor…
El hombre estrechó su mano apenas un segundo.
Luego miró alrededor.
Buscó entre cien rostros como quien lleva años sabiendo exactamente a quién viene a ver.
Sus ojos se detuvieron en Isabella.
Ella dejó de respirar.
Porque él sonrió igual que aquel niño hambriento al recibir media torta por primera vez.
Mateo caminó directo hacia ella.
La sala entera observó cómo el inversionista más codiciado de la noche ignoraba políticos, socios y fotógrafos para detenerse frente a la hija del dueño.
—Tardé un poco más de lo prometido —dijo en voz baja.
Isabella sintió temblar las manos.
—Mateo…
Él sacó algo del bolsillo interno del saco.
Una pequeña pulsera de plata, gastada por los años.
La mitad que faltaba.
—Te dije que volvería cuando pudiera pararme frente a ti y ya no ser el niño hambriento de la reja.
A Isabella se le llenaron los ojos de lágrimas en medio del salón más elegante de la ciudad.
Nadie entendía nada.
Don Ricardo menos que nadie.
—¿Se conocen? —preguntó rígido.
Mateo volteó hacia él con educación impecable.
—Sí, señor Montes. Su hija me alimentó durante meses cuando yo no tenía casa, ni familia, ni razones para creer en nadie.