Nadie me está esperando.
Nadie me necesita.
Nadie a quien pueda decepcionar.
Riley parecía creer lo contrario.
Esperar era todo lo que tenía.
A la mañana siguiente, volví a llamar.
Nada, Nada.
Por la tarde estaba enfadado.
Empecé a crear una historia completa en mi cabeza sobre el dueño de Riley.
Alguien se cansó de un perro viejo.
Alguien lanzó una pelota, se metió en un auto y se fue.
Las personas pueden ser crueles cuando algo que una vez les trajo alegría se vuelve embarazoso.
Esa noche, mi teléfono finalmente sonó.
“¿Está Riley contigo?”
La voz pertenecía a un hombre mayor.
– Sí.
Había un largo aliento en el otro extremo de la línea.
“Oh, gracias a Dios”.
No he compartido su alivio.
“Tu conduisais la berline blanche hier ?”
Silence.
“Oui.”
Ma mâchoire s’est resserrée.
“Je l’ai regardé te poursuivre.”
“Je sais.”
– Y tú seguías conduciendo.
Otro silencio.
Entonces él dijo: “Mi nombre es Edwin Rourke. Tengo setenta y seis años. Por favor, déjame explicarte”.
Alors je l’ai fait.
Edwin había estado viviendo en la misma casa durante treinta y cuatro años.
Su esposa había muerto unos años antes. Desde entonces, él y Riley han sido la rutina del otro.
Petit déjeuner à six heures trente.
Une promenade autour du pâté de maisons.
Riley dormía junto a la silla de Edwin todas las noches.
Pero Edwin ya no podía manejar la casa.
Les escaliers étaient devenus difficiles. La cour était devenue trop grande. Il avait décidé d’emménager dans un endroit plus petit.
Le problème, c’était Riley.
Son nouvel appartement n’était pas encore prêt pour le chien, alors Edwin avait fait en sorte que Riley reste temporairement avec quelqu’un à proximité.
Ce matin-là, avant de quitter l’ancienne maison pour la dernière fois, Edwin emmena Riley dehors.
Il a lancé la balle de tennis préférée de Riley à travers la cour.
Riley l’a poursuivi.
Edwin est monté dans sa voiture.
“Pensé que podría tener treinta segundos”, me dijo Edwin. “Sabía que si me quedaba allí diciendo adiós, no me iba a ir”.
Pero Riley no trajo la pelota de vuelta.
Vio el coche moverse.
Et j’ai couru.
Edwin ne l’a remarqué qu’après avoir atteint l’entrée de l’autoroute.