Le Dio Un Riñón A Su Esposo Y Él Volvió A Una Casa Que Ya No Existe-dynana

Dormía por intervalos.

Comía poco.

Y aun así, por primera vez en muchos años, nadie le preguntaba dónde estaba una camisa, qué había de cenar o si había pagado algún recibo.

El silencio era extraño, pero no vacío.

Era suyo.

A la mañana siguiente del incendio volvió a Lomas Verdes porque necesitaba ver con sus propios ojos lo que había quedado.

 

No entró.

Desde la banqueta tomó las fotografías que después guardó en su teléfono mientras Teresa, su vecina, intentaba encontrar palabras para consolarla.

Ana no le explicó lo que había ocurrido en el hospital.

Sólo dijo aquella frase que Teresa

recordaría durante mucho tiempo: ella no había perdido toda esa madrugada; lo había perdido tres días antes.

 

Después se marchó para acudir a una revisión médica que el doctor Salcedo había insistido en mantener.

No quería convertir su enojo en una razón para descuidar el único riñón que le quedaba.

Salcedo revisó la herida y le preguntó si tenía a alguien que pudiera acompañarla durante la recuperación.

 

Ana respondió que podía organizarse.

El médico la observó unos segundos, como si quisiera preguntar algo más, pero no lo hizo.

Ella agradeció esa prudencia.

Mientras tanto, Víctor empezó a recibir mensajes de Rita con una frecuencia distinta.

Antes del trasplante ella le escribiría a cualquier hora.

Le preguntaba cuándo podrían verse, qué iba a pasar con ellos y cuánto faltaba para que él resolviera su matrimonio.

 

Ahora quería saber cuándo saldría del hospital.

Y, sobre todo, cuándo podrían hablar de la casa.

Víctor seguía sin saber que ya no había una casa que entregar.

Cuando finalmente recibió autorización para salir, pidió que Ana fuera por él.

La enfermera que tomó el mensaje volvió unos minutos después.

—Su esposa no vendrá.

Víctor frunció el fruncido.

—¿Habló con ella?

—Se dejó el aviso en el número registrado.

 

No hubo más explicación.

Víctor llamó otra vez.

Ana dejó sonar el teléfono hasta que se apagó.

Entonces él hizo lo que todavía le resultaba más fácil que aceptar un rechazo: llamó a Rita.

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