Ella llegó poco después.
Víctor llevaba una bolsa con sus cosas, algunos documentos médicos y el anillo de Ana guardados en un bolsillo interior de su chamarra.
Durante el trayecto habló poco.
Rita, en cambio, preguntó dos veces si Ana había dado señales de querer discutir la propiedad.
—Eso lo arreglo después —dijo Víctor.
—Me dijiste que estaba hecho.
—Dije que lo iba
a hacer.
La diferencia no le gustó a Rita.
Víctor apoyó la cabeza contra el asiento.
Todavía creía que el problema más grande que lo esperaba era una esposa ofendida.
Al acercarse a la calle, empezó a notar movimiento frente a la propiedad.
Primero vio una sección ennegrecida.
Luego distinguió las ventanas sin vidrios.
Después apareció el hueco oscuro donde antes estaba una parte del segundo nivel.
Víctor pidió que detuvieran el coche.
Rita dejó de hablar.
Durante varios segundos ninguno de los dos abrió la puerta.
La casa de tres niveles que Víctor había descrito con tanta seguridad desde su cama de hospital estaba convertida en una estructura quemada, húmeda y parcialmente acordonada.
El jardín tenía restos ennegrecidos.
Una pared estaba manchada de humo.
El garaje seguía ahí, pero ya no parecía la entrada de la propiedad que Víctor había usado como moneda para comprar tiempo con Rita.
— ¿Qué