El Secreto del Convento

Camilo se quedó inmóvil.

Durante unos segundos, ninguno de los dos hombres fue capaz de apartar la mirada de aquellas palabras.

NO REALICE LA AUTOPSIA.
ESPERE DOS HORAS.
LO QUE NECESITA ESTÁ EN EL BOLSILLO DE MI HÁBITO.

Fonseca respiró profundamente.

—Cierra la puerta.

—¿Qué?

—La puerta, Camilo.

El joven obedeció.

El ruido metálico del cerrojo pareció demasiado fuerte dentro de la morgue.

Fonseca volvió a mirar el cuerpo.

—¿Quién trajo a la monja?

—Dos hombres del convento. Dijeron que la encontraron en su habitación.

—¿Nombres?

Camilo negó con la cabeza.

—No pregunté.

Fonseca lo miró con dureza.

—Entonces empieza a preguntar.

Se acercó nuevamente a la camilla.

La mujer parecía tener unos veintitantos años. No presentaba heridas visibles. No había sangre. No había señales de violencia.

Pero aquellas palabras…

No estaban escritas sobre la piel.

Parecía que habían aparecido desde dentro.

Fonseca acercó la lámpara quirúrgica y examinó la inscripción.

Las letras tenían una profundidad mínima, como pequeños cortes cicatrizados.

—Esto no pudo hacerse después de morir —murmuró.

—¿Por qué?

—Porque la piel ya no reaccionaría así.

Camilo palideció.

—Entonces alguien se lo escribió cuando estaba viva.

Fonseca no respondió.

Con unas pinzas levantó cuidadosamente el borde del hábito.

—Aquí.

Había un pequeño bolsillo oculto en el interior de la tela.

Metió la mano.

Sus dedos tocaron algo duro.

Sacó un objeto envuelto en un pedazo de tela blanca.

Era una llave.

Antigua.

Negra.

Y tenía grabado un símbolo que Fonseca reconoció inmediatamente.

Una cruz.

Pero no era una cruz normal.

Tenía cuatro brazos iguales y, en el centro, un pequeño círculo.

Camilo se acercó.

—¿Qué abre?

Fonseca observó la llave durante varios segundos.

—No lo sé.

Entonces escucharon un golpe.

Toc.

Los dos levantaron la cabeza.

El sonido había venido de la cámara frigorífica.

Camilo retrocedió.

—Doctor…

Toc.

Esta vez fue más fuerte.

Fonseca miró las puertas metálicas.

—Hay alguien ahí.

—Eso es imposible.

—Abre.

—¿Qué?

—La cámara.

Camilo negó lentamente.

—Doctor, los cuerpos están registrados.

—He dicho que la abras.

Con manos temblorosas, Camilo introdujo la llave.

La puerta se abrió con un chirrido.

El aire helado salió disparado.

Dentro había tres cadáveres.

Los tres estaban cubiertos con sábanas.

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