Mi esposo gastó en 101 rosas para su madre, pero a mí me dio un único tulipán roto: “Ella merece lo mejor; tú todavía no”. Llevábamos 4 años buscando un hijo y él no sabía que yo ya tenía dos pruebas positivas. No lloré ni discutí; esperé el ultrasonido, dejé la imagen sobre la mesa y preparé una maleta antes de que saliera del baño.

PARTE 1

—A ti te toca esto —dijo Rodrigo, poniéndome en la mano un tulipán doblado—. Mi mamá sí merece lo mejor. Ella me dio la vida. Tú… todavía no has hecho nada para merecer tanto.

Durante unos segundos pensé que había escuchado mal.

Frente a mí, en la sala de mi suegra, había un arreglo enorme de rosas rojas que Rodrigo acababa de llevarle por el Día de las Madres. Teresa abrazaba a su hijo, emocionada, mientras yo sostenía aquel tulipán con el tallo casi roto.

Lo que ninguno de los dos sabía era que la noche anterior yo había visto dos rayitas en una prueba de embarazo.

Después de cuatro años de tratamientos.

Cuatro años de análisis, hormonas, consultas, procedimientos y resultados negativos.

Me llamo Mariana, tenía treinta y dos años y, durante demasiado tiempo, creí que cuando lograra embarazarme mi matrimonio finalmente se arreglaría.

Rodrigo había sido diferente al principio. Atento, divertido, cariñoso. Pero poco a poco dejó de acompañarme a la clínica. Después dejó de preguntar cómo me sentía. Y cada vez que su madre decía:

—Mi hijo siempre ha estado sano. Tal vez tú simplemente no naciste para ser mamá.

Él guardaba silencio.

Ese 10 de mayo fuimos a casa de Teresa, en la colonia Narvarte, como cada año. Ella había preparado mole, arroz, ensalada y pastel. Mientras Rodrigo brindaba diciendo que “una madre era lo más sagrado que existía”, yo mantenía una mano discretamente sobre mi vientre.

Todavía no sabía si el embarazo era viable. Tenía una cita para el ultrasonido al día siguiente.

Entonces Teresa soltó la siguiente bofetada.

—Rodrigo, ¿te acuerdas de Fernanda Salas? La hija de mi amiga Laura.

Él levantó la mirada.

—¿La de la prepa?

—Esa misma. Regresó a Ciudad de México. Está guapísima, trabaja en un hospital privado y preguntó por ti.

Yo dejé el tenedor.

Teresa sonrió como si yo no estuviera allí.

—Podríamos invitarla a comer un día. Nada malo. Sólo para que se vuelvan a ver.

Rodrigo debió detenerla.

No lo hizo.

—Ay, mamá, ¿para qué? —respondió, pero con una sonrisa que decía exactamente lo contrario.

Me levanté y llevé unos platos a la cocina.

Puse mi tulipán en un vaso junto a la ventana.

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