Rosalie acercó la lámpara al cuenco.
Aquello no era un insecto.
Era una delgada pieza de metal ennegrecido cubierta de sangre seca y cera.
Pero algo diminuto se retorcía alrededor de ella kara.
Una larva.
Rosalie sintió náuseas.
Gideon observaba su rostro, intentando comprender.
Ella tomó el cuaderno.
Necesitas un médico.
Él negó inmediatamente.
Ya vinieron médicos.
Rosalie señaló el objeto.
Entonces ninguno miró suficientemente bien.
A la mañana siguiente cabalgaron hasta Coldwater.
El doctor Samuel Mercer examinó a Gideon durante casi una hora.
Cuando terminó, su expresión era grave.
—No puedo prometer que recuperará la audición.
Rosalie asintió.
—Pero esto no llegó ahí naturalmente —continuó.
Colocó la pieza metálica sobre un paño.
Parecía parte de un antiguo instrumento.
—¿Qué es?
Mercer tragó saliva.
—Algo que probablemente quedó dentro de su oído después de una intervención.
Rosalie miró a Gideon.
¿Te operaron cuando eras niño?
Él frunció el ceño.
Después
escribió:
Recuerdo hombres sujetándome.
Debajo añadió:
Mi padre estaba allí.
Aquella tarde regresaron al rancho.
Gideon abrió por primera vez un viejo baúl que guardaba bajo su cama.
Dentro había cartas, documentos y un pequeño libro de cuentas perteneciente a su padre.
Rosalie comenzó a leer.
Veintinueve años atrás, Gideon había sufrido una infección grave.
Pero entre las páginas apareció un pago realizado a un médico de Denver.
Junto al importe había una frase:
Tratamiento Rook. Garantizar silencio permanente.
Rosalie sintió frío.
Gideon leyó las palabras.
Su rostro cambió.
Entonces encontraron otra carta.
Su padre escribía que el niño había escuchado una conversación que jamás debía repetir.
Gideon cerró los ojos.
Los recuerdos llegaron lentamente.
Un establo.
Dos hombres discutiendo.
Dinero.
Un disparo.
Y una voz conocida.
Gideon tomó el lápiz con dedos temblorosos.
Ashford.
Rosalie dejó de respirar.
—¿Mi padre?
Gideon asintió.
Antes de poder escribir más, escucharon caballos
acercándose.
Rosalie miró por la ventana.
Su padre estaba frente a la casa.
Merrick venía con él.
Gideon todavía no podía oír los cascos.
Pero Rosalie sí.
Su padre bajó del caballo sosteniendo una escopeta.
—Rosalie —gritó—, recoge tus cosas.
Ella salió al porche.
—Esta es mi casa.
Él sonrió.
—No por mucho tiempo.
Sacó un documento.