“Lo que sucedió es que su hijo abandonó a su esposa embarazada y la acusó falsamente”.
Su boca se tensó.
“Diego estaba destrozado.”
“Diego se equivocó.”
Ella miró hacia la calle.
Siempre preocupado por los testigos.
“Baja la voz.”
“No.”
Su rostro se duró.
“¿Crees que ahora los gemelos te dan poder?”
Coloqué una mano sobre mi vientre.
“Ellos me dan responsabilidades. Tú eres el que piensa en el poder”.
Se acercó a la cámara.
“Escúchame bien. Diego cometió un error, sí. Pero él es el padre. No vas a impedir que esos niños formen parte de nuestra familia”.
—¿Nuestra familia? —pregunté.
“Su sangre es nuestra.”
Sentí algo frío recorrer mi cuerpo.
Ahí estaba de nuevo.
Posesión.
No es amor.
Propiedad.
—La semana pasada los llamaste una vergüenza —dije.
Dolores levantó la barbilla.
“Me importa mal.”
“No. Estabas ansiosa.”
Ella se sonrojó.
“Quiero entrar.”
“No.”
“Soy tu suegra.”
“Por ahora.”
Sus ojos se abrieron de par en par.
Entonces susurró: “Te arrepentirás de haber humillado a Diego”.
Sonreí a la cámara.
“Gracias. Mi abogado disfrutará de esa grabación”.
Dolores retrocedió como si la puerta misma la hubiera abofeteado.
Ella se fue.
Le envié las imágenes a Valeria.
Por la tarde, Valeria presentó la primera respuesta.
Una notificación formal rechazando el acuerdo propuesto por Diego.
Se le exigió que conservara todos los registros financieros.
Notificación relativa al abandono conyugal.