Solo que esta vez, él era el acusado.
Paula le agarró del brazo.
“Diego, vámonos.”
Se apartó de ella sin pensarlo.
Ella se dio cuenta.
Yo también.
El médico también lo creyó.
Ese pequeño movimiento fue la primera grieta en la fantasía que habían construido juntos.
Diego me miró por última vez.
Su voz se apagó.
“Te llamaré.”
—No —dije—. Llamarás a mi abogado.
La enfermera los acompañó a la salida.
Cuando se cerró la puerta, finalmente me derrumbé.
No de forma bonita.
No en silencio.
Me incliné sobre mi vientre y sollocé.
El doctor Salinas se sentó a mi lado y me puso una mano en el hombro.
“Aquí estás a salvo”, dijo.
Seguro.
No me había dado cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que sentí esa palabra.
Salí de la clínica con dos ecografías en el bolso y una nueva oleada de emociones en el pecho.
Afuera, Diego estaba esperando cerca del estacionamiento.
Paula permanecía a varios metros de él, con los brazos cruzados y el rostro serio.
Estaban discutiendo.
Podía oír la voz de Paula.
“Me dijiste que te engañó.”
Diego respondió bruscamente: “Yo creía que sí”.
“¿Lo creías? ¿Destruiste tu matrimonio por algo que creías?”
Me vio y dejó de hablar.
Pasé junto a ambos.
Diego dio un paso hacia mí.
“Laura.”
No me detuve.
Él lo siguió.
“Laura, espera. Por favor”.
Por favor.