El Secreto del Convento

Cubrieron el cuerpo con una sábana blanca. Se sentaron en las sillas de plástico del rincón. Nadie habló. El reloj marcaba los segundos con una lentitud insoportable.
A las 12:15, el teléfono de la morgue sonó. Fonseca contestó. Era la madre superiora del Convento de Santa Clara.
—Doctor Fonseca —dijo la mujer, con la voz temblorosa—, necesito que me diga algo. ¿Ya realizó la autopsia?
—No, madre. Estamos esperando.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, la madre superiora susurró: —Dios mío. Entonces es verdad.
—¿Qué es verdad? —preguntó Fonseca.
—Hermana Lucía… ella sabía que iba a morir. Hace tres días me pidió que le diera algo. Un veneno de acción lenta. Dijo que era necesario. Que si moría de cierta manera, ustedes encontrarían un mensaje.
Fonseca sintió un frío en la espalda. —¿Qué clase de veneno?
—No lo sé. Ella lo consiguió de alguien. Pero me dijo… me dijo que si encontraban el mensaje, que les dijera que buscaran en la capilla del convento. Detrás del altar. Hay una piedra suelta.
—¿Qué hay detrás de esa piedra?
La madre superiora guardó silencio por un momento largo. —El pecado de nuestra fundadora. El pecado que ha mantenido este convento en pie durante trescientos años.
Fonseca colgó. Miró a Camilo. —Tenemos que ir al convento.
—¿Ahora? ¿En la madrugada?

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