SÍ Gabriel me soltó la muñeca con cuidado, y su mirada —férrea y calculadora— se desplazó hacia el Dr. Harrison Cole, quien intentaba escabullirse hacia la puerta con su maletín médico.

—Carmine —dijo Gabriel con voz ronca—. Nadie sale.
En menos de tres segundos, dos de los guardaespaldas bloquearon la salida, empujando a Cole de regreso a la biblioteca. El médico temblaba de pies a cabeza.
—Señor Falcone, por favor… yo solo seguí los protocolos quirúrgicos, no tengo idea de cómo ese hilo industrial terminó en su cuerpo… —balbuceaba Cole, sudando frío.
Gabriel se incorporó lentamente sobre los codos, haciendo una mueca de dolor, pero con los ojos fijos en el médico.
—Ese hilo fue colocado en el quirófano privado de la clínica central la noche del tiroteo. Un quirófano operado exclusivamente por tu equipo, Cole. Y el único que insistió en usar un material especial para una supuesta “reconstrucción profunda de tejidos” fuiste tú, cobrando cincuenta mil dólares extra por suministros especiales.
Cole se puso pálido como un papel. Intentó hablar, pero las palabras no le salían.
—No querías curarme —continuó Gabriel, respirando con mayor facilidad—. Querías una infección lenta y silenciosa. Una gangrena que pareciera natural para que nadie sospechara de una traición interna. ¿Quién te pagó para matarme?
El cirujano cayó de rodillas, sollozando e implicando de inmediato al subjefe adjunto y a un grupo de socios descontentos dentro de la organización que buscaban derrocar a Gabriel mientras yacía incapacitado.
Mientras Carmine se encargaba de interrogar y neutralizar la amenaza de los traidores en cuestión de minutos, Gabriel se giró hacia mí. Yo seguía de pie junto a la cama, con las manos manchadas de sangre, esperando mi propio destino. Para la mafia, saber demasiado solía ser una sentencia de muerte.
El capo me observó en silencio durante un largo y tenso momento.
—¿Cómo sabías lo del hilo? —preguntó.
Tragué saliva y levanté la barbilla.
—Mi madre trabajó en una fábrica textil. Aprendí a reconocer las fibras tratadas con químicos industriales que se pudren al entrar en contacto con la sangre caliente. No soy médico, señor Falcone, pero sé cuándo alguien está usando la herramienta equivocada para hacer daño.
Gabriel esbozó una débil pero genuina sonrisa en su rostro curtido por los años.
—Los médicos con títulos caros casi me matan, y una criada con memoria de trabajo me salvó la vida —dijo con firmeza—. A partir de este momento, ya no limpias pisos en esta casa.
Antes de que pudiera responder, Gabriel le indicó a Carmine que me entregara un sobre cerrado y las llaves de la administración principal de la finca.

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