Nadie me preparó para lo que pasó después de aquel día con Capitán.
Yo pensé que la historia de Nico había terminado allí, en la finca, con Isabel abrazada al cuello del caballo y todos nosotros en silencio.
Pero a veces los niños dejan semillas sin saberlo.
Y algunas tardan en florecer.
Durante los primeros días después de la despedida, Isabel no salía casi de casa.
Yo lo sabía porque seguíamos pasando por aquella calle en la ruta de los martes y los viernes. La casa seguía igual por fuera. La valla limpia, el jardín pequeño, las cortinas medio echadas.
Pero ya no estaba la silla de ruedas junto a la madera.
Ya no estaba el cartón de los besos.
Ya no estaba Nico.
Y eso hacía que la calle pareciera más grande y más vacía.