Nicolás esperó hasta que Javier y Nuria salieran a comer el domingo siguiente. Carmen se quedó junto a la ventana del pasillo, vigilando la calle, mientras Manuel cerraba la puerta de la antigua habitación de herramientas.
El anciano se arrodilló con dificultad, retiró la alfombra y levantó la tabla que Nicolás había visto mover la primera noche.
Debajo había una caja metálica azul, abollada en las esquinas.
La llave oxidada encajó.
Dentro no había dinero.
Había algo mucho más peligroso.
La escritura original de la casa, recibos de reformas, contratos antiguos, cartas del banco, documentos de la venta del terreno que Manuel había sacrificado para salvar a Javier y decenas de comprobantes de transferencias. Carmen miraba cada papel como si estuviera viendo, ordenados por fechas, los años en que habían ido renunciando a su propia vida para sostener a uno de sus hijos.
Permitía a Javier actuar en nombre de Manuel en determinadas operaciones y daba acceso a cuentas vinculadas a la vivienda.
Abajo aparecía una firma.