Ruth Miller, que ahora tenía cincuenta y ocho años, vivía en una pequeña casa cerca de una iglesia menonita en Bowling Green, Kentucky. Trabajaba en una tienda de colchas, vivía sola y asistía a la iglesia con regularidad bajo el nombre de Rebecca Stoltzfus.
Cuando Martínez llamó a su puerta y le explicó con delicadeza que conocía la verdadera identidad de Ruth, la reacción de Ruth fue inmediata: rompió a llorar.
“Había guardado este secreto durante más de veinte años”, dice Martínez. “Huyó de su casa, vivió con un nombre falso, crió a sus hijos en la clandestinidad, enterró a su marido bajo una identidad falsa y nunca le contó la verdad a nadie. El alivio de poder finalmente contar su historia fue inmenso”.
Ruth accedió a hablar con los investigadores. Lo que salió a la luz fue una historia desgarradora de intimidación, miedo y supervivencia.
La historia de Ruth
Ruth Miller habla en voz baja, con un marcado acento inglés propio del alemán de Pensilvania. A sus sesenta y dos años, vive abiertamente con su nombre real en una pequeña comunidad menonita, sin esconderse ya, pero aún cargando con el peso de aquellos años.
«Jacob era un buen hombre», comienza diciendo. «Un buen padre, un buen esposo. Trabajaba duro. Intentaba hacer lo correcto. Pero cometió un error al pedir prestado a Charles Benton».
Ruth explica que, al principio, el préstamo parecía razonable. Jacob necesitaba equipo para su negocio de carpintería: una sierra de cinta nueva, cepilladoras, herramientas que le permitieran ir más allá de los muebles básicos y crear piezas más elaboradas que le reportaran mejores precios.