La verdad sacudió profundamente a Arthur y Leo, dejándolos atrapados entre el amor, la sensación de traición y una rabia que había permanecido intacta durante años por aquel secreto. Arthur confrontó a Johnson por haber guardado un silencio tan doloroso durante dieciocho años, pero finalmente comprendió que su presencia y dedicación inquebrantables hacia Leo habían nacido de un profundo amor, mezclado con un enorme sentimiento de culpa. Para ayudar a Leo a recuperar un vínculo con el verdadero recuerdo de su madre, Arthur abrió una caja de almacenamiento que había mantenido escondida, llena de fotografías antiguas, recuerdos de su boda y objetos personales de Goldi. Allí también le mostró los pequeños rasgos físicos que Leo había heredado de ella.
Decidido a descubrir cómo habían sido los últimos días de Goldi, Arthur utilizó una vieja agenda de direcciones para localizar a la madre distanciada de Goldi, Rachel. Entre lágrimas, Rachel confirmó que Goldi había muerto apenas siete meses después de marcharse y que había pasado sus últimas semanas en una unidad de cuidados paliativos, hablando constantemente de su esposo y de su hijo recién nacido. Rachel explicó que ella también había estado obligada a cumplir una promesa estricta: mantener en secreto el paradero de Goldi. Desde entonces, había cargado cada día con el peso de aquel arrepentimiento.