Seis años después de que una de mis gemelas muriera, mi segunda hija vino de su primer día en la escuela, diciendo: “Prepara otra lonchera para mi hermana”

Sacudió la cabeza. “No. Pero me ha dicho que deberíamos ser amigas, porque nos parecemos. Mamá, ¿puede venir a jugar? Me ha dicho que su mamá la acompaña al colegio, pero quizá la próxima vez podrías quedar con ella”.

Intenté mantener un tono firme. “Tal vez, cariño. Ya veremos”.

***

Aquella noche, me senté en el sofá mirando la foto, con el corazón palpitante, la esperanza y el miedo luchando en mi pecho.

Pero en el fondo ya sabía, de algún modo, que esto sólo era el principio.

“Pero dijo que deberíamos ser amigas, porque nos parecemos”.

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***

A la mañana siguiente, agarré el volante con tanta fuerza que me dolían los nudillos. Junie balbuceó sobre su profesora y “el color favorito de Lizzy” durante todo el trayecto, completamente ajena a todo.

El aparcamiento del colegio era un caos, coches, niños y padres saludando. Junie me apretó la mano mientras caminábamos hacia la entrada.

“¡Ahí está!”, susurró, con los ojos muy abiertos.
“¿Dónde?”.

Junie señaló. “Junto al árbol grande, mamá. ¿La ves? Esa es su mamá, ¡y esa señora está con ellas otra vez!”.

“¡Ahí está!”.

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Seguí la mirada de mi hija y se me cortó la respiración. Una niña pequeña, la imagen especular de Junie, estaba junto a una mujer con un abrigo azul marino. El rostro de la mujer estaba tenso, observándonos.

Se me hizo un nudo en el estómago.

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