Al ver a don Manuel libre, señaló con la mano.
—Mamá, mira. El señor bueno está bien. El policía malo no ganó.
Su madre lloró.
—Sí, cariño. No ganó.
Los aplausos empezaron tímidos.
Luego crecieron.
No eran aplausos de fiesta.
Eran de alivio.
De rabia contenida.
De gente que, por una vez, veía consecuencias.
Un periodista preguntó:
—Director Rivas, ¿qué mensaje deja esto?
Don Manuel miró a las cámaras.
A los vecinos.
A las víctimas.
A los agentes buenos que habían tenido miedo durante años.
—El poder sin control se pudre. Hoy hubo justicia, sí. Pero no debería hacer falta que arresten a un director nacional para que alguien escuche a veintitrés víctimas.
Nadie habló.
—La responsabilidad no puede ser excepcional. Tiene que ser automática. Graben cuando vean un abuso. Hablen cuando algo esté mal. Exijan más a quienes llevan uniforme, placa o cargo público. La autoridad no hace buena a una persona. Sus actos sí.
Tomás, María, Luis y Jaime se quedaron a su lado.
No como decoración.
Como prueba viva.
Después de los arrestos, la comisaría quedó en silencio.
Nadie sabía quién mandaba.
Don Manuel se colocó en medio del vestíbulo.
—Este departamento tiene una decisión que tomar. O protege la cultura que construyó Ricardo Cruz, o empieza de nuevo.
Un agente veterano levantó la mano.
—Director, algunos denunciamos a Molina. Las quejas desaparecieron. Nos dijeron que dejáramos de causar problemas.
Don Manuel asintió.
—Lo sabemos. Encontramos diecisiete denuncias internas. Diecisiete veces alguien intentó hacer lo correcto y el sistema lo aplastó. Eso termina hoy.
Elena dio un paso al frente.
—Habrá supervisión federal durante veinticuatro meses. Nuevos mandos. Nueva formación. Auditorías. Cámaras obligatorias. Revisión de expedientes.
Don Manuel buscó a Javier entre los agentes.
—Robles, acérquese.
Javier caminó con el corazón golpeándole el pecho.
—Hace siete años —dijo don Manuel—, usted estaba en una sala de interrogatorios, acusado falsamente por un superior corrupto. Yo le dije que la integridad no es cómoda, pero es necesaria.
Javier tragó saliva.
—Lo recuerdo, señor.
—Hoy lo demostró. Reconoció algo malo, reunió pruebas y no miró hacia otro lado.
Don Manuel sacó una placa de su chaqueta.
—Desde este momento, queda nombrado capitán interino de la Policía Municipal de San Miguel del Río. La supervisión evaluará su mando durante seis meses.