Pero llegó en público.
A la vista de todos.
Y eso importaba.
La banca seguía allí.
La gente seguía sentándose.
Y cada agente nuevo aprendía la misma verdad antes de salir a la calle:
Nadie está por encima de la ley.
Nadie.
Ni el que manda.
Ni el que firma.
Ni el que lleva placa.
Ni el que cree que una persona tranquila, sentada en un parque, no puede cambiarlo todo.