—Sí.
—Bien.
Esas estuvieron entre sus últimas palabras.
Aquella noche, Lily no volvió a abrir los ojos.
El tratamiento de Ben continuó durante muchos meses más.
Chris no faltó ni un solo día.
Dos años después, finalmente recibimos la noticia por la que había rezado todos los días.
Los análisis de Ben ya no mostraban signos de la enfermedad.
Ese verano regresamos al mismo océano.
Yo, Ben y Chris.
Ben sacó del bolsillo las dos pulseras de plata.
Se colocó la suya alrededor de la muñeca.
Y puso la de Lily sobre la arena.
Después comenzó a construir el mismo tipo de castillo de arena que habían construido durante aquel primer viaje.
Chris se sentó a su lado.
Una ola llegó y destruyó la mitad del castillo.
Chris extendió la mano para reconstruirlo rápidamente.
Pero Ben lo detuvo.
—Tranquilo, papá.
Miró hacia el océano.
—Lily solía decir que solo porque algo se rompe no significa que todo haya terminado.
Después tomó otro puñado de arena.
Chris hizo lo mismo.
Y juntos comenzaron a reconstruir lo que la ola había destruido.