Se sentó en el suelo, buscó un tutorial en su teléfono y pasó casi dos horas intentándolo. Cuando finalmente consiguió colocar la cadena, Mateo sonrió.
—Mamá dijo que tú pagas a otras personas para arreglarlo todo.
—Tu mamá tiene razón.
—Entonces, ¿por qué arreglaste esto tú?
Alejandro lo miró.
—Porque debía aprender a hacer algo por ti con mis propias manos.
Poco a poco, Mateo comenzó a confiar en él. Le permitió acompañarlo a las consultas y sentarse a su lado durante los análisis. Alejandro aprendió a identificar sus medicamentos, a contar sus respiraciones y a reconocer cuándo estaba cansado.
También comenzó a entender la vida que Lucía había llevado.
Ella no vivía en aquella casa porque fuera incapaz de salir adelante. Vivía allí porque había dedicado todos sus recursos, su tiempo y su fuerza a proteger al hijo que ambos habían tenido.
Alejandro ordenó investigar lo ocurrido con las cartas. Descubrió que su madre había pagado a uno de sus antiguos asistentes para bloquear cualquier comunicación de Lucía. El hombre conservaba correos que confirmaban la verdad.
Cuando confrontó a su madre, ella no lo negó.
—Lo hice para proteger tu futuro —dijo.
—Me robaste nueve años con mi hijo.
—Esa mujer te habría impedido convertirte en quien eres.
Alejandro respondió con una tristeza que jamás había sentido:
—Sin mi hijo, no sé quién soy.
Cortó toda relación con su madre hasta que estuviera dispuesta a reconocer el daño y pedir perdón directamente a Lucía y a Mateo.
La operación del niño se realizó tres meses después. Alejandro pagó el tratamiento, pero cumplió una condición impuesta por Lucía: no utilizaría la enfermedad para limpiar su imagen pública ni permitiría que la prensa conociera la historia.
Durante las seis horas de cirugía, él y Lucía permanecieron juntos en la sala de espera. No hablaron sobre recuperar su matrimonio. Había demasiado dolor entre ellos y nueve años no podían borrarse con un reencuentro.
Hablaron de Mateo.
Cuando el cirujano apareció y anunció que la intervención había salido bien, Alejandro lloró frente a todos. No eran lágrimas discretas ni controladas. Eran las lágrimas de un padre que acababa de descubrir cuánto podía perder.