—Antes de conocer a Mateo, yo le tenía un miedo terrorífico a perder a lo que amaba. Por eso me aislé. Pero tú y tu hijo me enseñaste algo.
—¿El qué? —susurré.
—Que el dolor de perder a alguien es el precio exacto que pagamos por haber tenido el privilegio de amarlos. Y yo pagaría ese dolor mil veces más, solo por haber conocido a tu hijo.
Hoy, cuando entro en el hospital, ya no llevo el corazón en un puño.
Veo a Javier y a Bruno caminar por el pasillo. La gente se aparta, pero ya no por miedo. Se apartan para dejarlos pasar, como se hace paso a la realeza.
Porque todos saben que por donde pisan esas botas y esas cuatro patas, el dolor pesa un poco menos.
Mi hijo estuvo poco tiempo en este mundo.
Pero no se fue.
Se quedó en la respiración de Lucía.
Se quedó en la paz de los padres que Javier abraza.
Se quedó en el hocico gris de un perro que aprendió a amar de nuevo.
Mateo me pidió un perro por un día.
Y ese perro, me lo devolvió a él, en cada niño que vuelve a sonreír.
—¿El qué? —susurré.
—Que el dolor de perder a alguien es el precio exacto que pagamos por haber tenido el privilegio de amarlos. Y yo pagaría ese dolor mil veces más, solo por haber conocido a tu hijo.
Hoy, cuando entro en el hospital, ya no llevo el corazón en un puño.
Veo a Javier y a Bruno caminar por el pasillo. La gente se aparta, pero ya no por miedo. Se apartan para dejarlos pasar, como se hace paso a la realeza.
Porque todos saben que por donde pisan esas botas y esas cuatro patas, el dolor pesa un poco menos.
Mi hijo estuvo poco tiempo en este mundo.
Pero no se fue.
Se quedó en la respiración de Lucía.
Se quedó en la paz de los padres que Javier abraza.
Se quedó en el hocico gris de un perro que aprendió a amar de nuevo.
Mateo me pidió un perro por un día.
Y ese perro, me lo devolvió a él, en cada niño que vuelve a sonreír.