Mi esposo llevó a un desconocido a casa y me pidió que lo dejara quedarse solo una noche.

Mi esposo, Daniel, rara vez invitaba a alguien a nuestra casa. Ni siquiera le gustaba que mis familiares nos visitaran sin avisar. Sin embargo, aquella noche había un desconocido sentado a la mesa de nuestra cocina.

Parecía tener unos cincuenta años. Era delgado y tenía el rostro cansado. Llevaba unos pantalones viejos y su camisa estaba empapada por la lluvia. Frente a él había un plato de sopa caliente. Daniel se levantó y sonrió con nerviosismo.

—Él es Michael. Se quedará con nosotros esta noche.

Miré a mi esposo con desconcierto.

—¿De qué lo conoces?

—Me lo encontré en el camino. No tiene dónde quedarse.

Daniel respondió demasiado rápido, como si hubiera preparado aquella explicación de antemano. Michael levantó la cabeza.

—No le causaré ningún problema. Me marcharé temprano por la mañana.

Su voz era tranquila, pero había algo doloroso en su mirada. Observaba nuestra cocina como si ya hubiera estado allí antes.

No quería parecer cruel. Teníamos una pequeña habitación de invitados y la lluvia arreciaba afuera.

Sin embargo, durante la cena noté varias cosas extrañas.

Michael sabía dónde guardábamos los vasos. Cuando quiso beber agua, abrió el armario correcto sin preguntar. Después, su mirada se detuvo en el pequeño reloj de madera que estaba junto a la ventana.

—¿Todavía funciona? —preguntó.

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