Me acerqué y le pasé la mano por la cabeza. Quise regañarlo, quise llorar, quise abrazarlo hasta dejarlo sin aire. Solo pude decir:
“Eres un buen muchacho, hijo.”
Él bajó la mirada.
“No es para tanto.”
Pero sí lo era.
A la mañana siguiente se fue al hospital con una gorra azul y una bolsa llena de dulces, cartas y un peluche ridículo que Valeria quería desde hacía semanas.
Yo creí que Patricia me llamaría emocionada.
Creí que me diría que Diego había hecho algo hermoso.
Pero cuando el teléfono sonó y vi su nombre, su voz no sonaba agradecida.
Sonaba quebrada. Fría. Casi furiosa.
“Mariana, ven al hospital. Tu hijo hizo algo y no sé cómo sentirme.”
“¿Qué pasó? ¿Valeria está bien?”
“Valeria está bien. Es Diego. Necesitas venir a ver lo que hizo.”
“Patricia, explícame.”
“No puedo por teléfono.”
Y colgó.
“Valeria está bien. Es Diego. Necesitas venir a ver lo que hizo.”
“Patricia, explícame.”
“No puedo por teléfono.”
Y colgó.
Salí sin cambiarme, sin bolsa, sin pensar. En el coche, las manos me temblaban sobre el volante mientras cruzaba Eje 5 y me inventaba todas las tragedias posibles. ¿Había discutido con alguien? ¿Había publicado algo? ¿Había metido a Valeria en problemas?
Cuando llegué al hospital, Patricia me esperaba en el pasillo de oncología pediátrica. Tenía los ojos rojos, los brazos cruzados y una expresión que no le conocía.
No me abrazó.
Solo dijo:
“Ven conmigo.”
Y en ese momento entendí que algo se había roto.