Se limpió la cara con rabia.
“Pero Diego llega con chocolates y ella sonríe. Diego le manda memes y ella come. Diego se sienta junto a ella y mi hija vuelve a parecer mi hija.”
Su confesión cayó entre nosotras como un vaso roto.
“Paty…”
“No me digas nada. Ya sé que suena horrible.”
“No suena horrible. Suena a dolor.”
Ella soltó una risa seca.
“He estado celosa de un adolescente de 17 años. Celosa de tu hijo. Celosa de que él pueda entrar a ese cuarto y hacer en 5 minutos lo que yo no logro en todo el día.”
Por primera vez, mi enojo se apagó.
La miré y ya no vi a la amiga distante que me había dejado de contestar mensajes con un simple “ok”. Vi a una madre aterrada, agotada, tragándose la culpa para no ahogarse.
“Eso no significa que Diego haya hecho algo malo”, dije con cuidado.
“No. Pero hoy… hoy no fue solo raparse.”
Mi corazón volvió a acelerarse.