Yo manejé unas cuadras, estacioné lejos y regresé caminando…-kara

—Fui con ella —dijo Lucía—. Le conté todo.

—¿Y qué hizo? —preguntó Verónica.

Lucía soltó una risa seca.

—Me dijo que su hija jamás haría eso. Que yo seguramente quería llamar la atención.

Verónica se tapó la boca. Yo sentí una rabia vieja subiéndome al pecho.

—Después Nayeli se enteró de que fui a acusarla —siguió Lucía—. Y todo empeoró.

Inventaron que Lucía acosaba a un compañero. Αbrieron un perfil falso con su nombre. En los pasillos le decían “loca”, “intensa”, “mentirosa”. La enfermera ya la conocía porque llegaba con dolor de estómago, mareos, ataques de llanto. Y yo, mientras tanto, estaba

cargando bultos de cemento convencido de que mi casa seguía en orden.

—¿Por qué no nos dijiste? —preguntó Verónica, llorando.

Lucía la miró con una tristeza que nos desarmó.

—Porque tú siempre dices que uno tiene que aguantar. Y tú, papá… tú nunca estabas.

No hubo defensa posible.

Entonces pregunté lo que me quemaba desde hacía minutos:

—¿Por qué Nayeli te hace esto?

Lucía bajó la mirada.

—Porque dice que tú arruinaste la vida de su mamá.

Verónica volteó hacia mí.

—¿Conocías a esa mujer?

Me quedé helado.

Sí. Α Αlma Ríos la conocí muchos años antes de casarme. Fue una relación breve, mal cerrada, de esas que uno entierra creyendo que el tiempo borra lo que la cobardía dejó sucio. Yo me fui sin explicar bien, sin mirar atrás. Nunca imaginé que aquella historia pudiera regresar convertida en veneno contra mi hija.

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