Pero cuando regresĂł a la habitaciĂłn de Noah esa noche, encontrĂł a Emily sentada al lado de la cama, mirando por la ventana.
“No has comido”, dijo.
“No tengo hambre.”
ColocĂł una bandeja sobre la mesa.
“Te rog. Sólo un poquito.”
Emily lo mirĂł.
“No tienes que fingir que estás preocupado por mĂ.”
“No estoy fingiendo.”
“SolĂas decir cosas asĂ.”
Daniel tirĂł de una silla hacia ella.
“Lo sé.”
“No, Daniel. No sabes.” Su voz tembló. “No sabes lo que fue salir de casa con una maleta y sin dinero, cargando a tu hijo, preguntándote cómo ibas a sobrevivir la semana siguiente.”
Él permaneció sentado inmóvil.
“No sabes lo que se siente ver a tu hijo luchar para caminar, pasar noches en las salas de espera del hospital o sonreĂrle cuando te acaban de decir que el tratamiento que necesita cuesta más de lo que podrĂas ganar en toda la vida”