Una parte del dinero volvió a la vinícola mediante acuerdos y resoluciones judiciales; otros bienes permanecieron en litigio.
Despedí a dos gerentes implicados y renegocié créditos. Algunos meses lloraba de agotamiento al llegar a casa. Sobrevivir no significaba estar bien.
Una tarde, cortándome apenas un dedo con una hoja de papel, recordé cómo Alejandro siempre corría por una curita y me decía que debía cuidarme más.
Me eché a llorar por ese gesto mínimo.
Comprendí que también se puede extrañar a una persona que nunca existió. Lloré por mi ingenuidad y por la Mariana que confundió el control con cariño.
Cuando pude respirar de nuevo, tomé una decisión.
No reconstruiría aquella casa.
Invertiría en recuperar un viñedo antiguo cerca de Parras, Coahuila, donde la tierra necesitaba cuidados y paciencia.
Dejé la administración diaria de Baja California a un equipo de confianza y viajé para trabajar con agrónomos, enólogos y familias de la región.