—Escuché que hace algunos años tuvieron un problema administrativo —dijo Alejandro como si fuera una pregunta sin importancia.
La sonrisa de Ernesto desapareció apenas un segundo.
—Robos internos. Una empleada.
—¿Mariana López?
El silencio cambió la habitación.
Ernesto dejó la botella sobre el escritorio.
—¿De dónde conoce usted ese nombre?
Alejandro sonrió.
—En los negocios conviene investigar todo.
Ernesto recuperó la compostura.
—Esa mujer nos robó.
—¿Fue condenada?
—No.
—¿Encontraron el dinero?
—No.
—¿Encontraron transferencias firmadas por ella?
Ernesto endureció elrostro.
—No sé qué está insinuando.
Alejandro lo miró directamente.
—Todavía nada.
Se marchó veinte minutos después.
Pero ahora estaba seguro de una cosa.
Ernesto tenía miedo.
Y los hombres poderosos rara vez tenían miedo de historias falsas.
Tenían miedo de pruebas.
Aquella noche Alejandro llamó a Gabriel Serrano, uno de los mejores auditores forenses de su grupo empresarial.
—Necesito que revises una empresa familiar de Jalisco. Los Robles. Todo lo que puedas conseguir legalmente: sociedades, movimientos corporativos, demandas, propiedades, créditos.
Gabriel guardó silencio.
—¿Cuánto tiempo?
—Empieza ahora.
A la mañana siguiente llegaron los primeros documentos.
Tres días después, apareció la primera anomalía.
El dinero supuestamente robado no había desaparecido en una sola operación.
Había salido en pequeñas cantidades hacia proveedores.
Proveedores que, sobre el papel, vendían fertilizante, maquinaria y alimento para ganado.
Pero varias empresas compartían direcciones.
Dos tenían administradores relacionados con la familia Robles.
Yuna pertenecía a una sociedad donde aparecía Ricardo Robles, el hijo mayor de Ernesto.
Alejandro sintió que las piezas comenzaban a encajar.
Entonces Gabriel encontró algo peor.
Las primeras transferencias sospechosas habían comenzado seis meses antes de que Mariana fuera acusada.
Y continuaron varias semanas después de que ella fuera despedida.
Mariana no podía haberlas hecho.
Alejandro imprimió los documentos y regresó a su casa.
Ella abrió la puerta, pero esta vez no intentó cerrarla inmediatamente.
—No vine a preguntarte por Sofía —dijo él.
Mariana lo miró con desconfianza.
Alejandro extendió una carpeta.
—Vine a hablar de los Robles.
Mariana palideció.
—Déjalo.
—No puedo.
—Yo sí pude.
—No, Mariana. Sobreviviste. No es lo mismo.
Ella bajó la mirada.
Alejandro abrió la carpeta.
—Las transferencias continuaron después de que te despidieron.
Mariana levantó la cabeza.
Por primera vez desde que él había regresado, su expresión dejó de serrabia.