Era miedo.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque alguien te utilizó.
Mariana tomó los papeles.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Yo se lo dije a Ernesto.
—¿Qué cosa?
Mariana se sentó lentamente.
—Que había encontrado facturas falsas.
Alejandro no habló.
—Ricardo controlaba varios proveedores —continuó ella—. Yo descubrí que algunos cobros estaban duplicados. Otros correspondían a mercancía que nunca había llegado.
—¿Y se lo dijiste a Ernesto?
Mariana asintió.
—Pensé que no sabía nada.
Una risa amarga escapó de sus labios.
—Qué ingenua fui.
Dos días después, el dinero desapareció oficialmente.
Y tres días más tarde, Mariana fue acusada.
—¿Por qué no denunciaste?
Mariana lo miró.
—Lo hice.
Aquella respuesta dejó a Alejandro inmóvil.
—Fui a la fiscalía. Entregué copias de algunos registros. Una semana después, un abogado de los Robles apareció en mi casa.
Mariana tragó saliva.
—Me dijo que si seguía hablando, terminaría en prisión.
—Esono podía garantizarlo.
—No fue lo único que dijo.
Mariana miró hacia la habitación donde Sofía jugaba con unas muñecas viejas.
—Me recordó que estaba embarazada.
Alejandro sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Mariana cerró los ojos.
—Sí.
La palabra fue casi un susurro.
Alejandro se sentó frente a ella.
—Sofía…
—Es tu hija.
Durante varios segundos, ninguno habló.
Alejandro había negociado empresas enteras.
Había perdido millones en inversiones.
Había enterrado a su madre.
Nada lo había preparado para aquellas tres palabras.
—¿Por qué no me buscaste?
Mariana soltó una risa rota.
—Te busqué.
Alejandro frunció el ceño.
—No.
—Sí.
Se levantó, abrió un cajón y sacó una caja de cartón.
Dentro había sobres.
Muchos sobres.
Todos dirigidos a Alejandro Mendoza.
Algunos tenían más de tres años.
—Te escribí cuando descubrí que estaba embarazada.
Alejandro tomó uno.
Nunca había visto esa carta.
—Te escribí después del nacimiento.
Tomó otro.
Otro sobre.
—Te escribí cuando Sofía enfermó y pensé que iba a necesitar una operación que yo no podía pagar.
Alejandro sintió un frío recorrerle el cuerpo.
—Nunca recibí nada.
—Lo sé.
Mariana sacó entonces una carta diferente.
No estaba escrita por ella.
Era una respuesta.
Alejandro reconoció inmediatamente el membrete de una antigua oficina familiar.