26 Años Después, un Multimillonario Encontró a su Primer Amor en la Pobreza – TAN

—Escuché que hace algunos años tuvieron un problema administrativo —dijo Alejandro como si fuera una pregunta sin importancia.

La sonrisa de Ernesto desapareció apenas un segundo.

—Robos internos. Una empleada.

—¿Mariana López?

El silencio cambió la habitación.

Ernesto dejó la botella sobre el escritorio.

—¿De dónde conoce usted ese nombre?

Alejandro sonrió.

—En los negocios conviene investigar todo.

Ernesto recuperó la compostura.

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—Esa mujer nos robó.

—¿Fue condenada?

—No.

—¿Encontraron el dinero?

—No.

—¿Encontraron transferencias firmadas por ella?

Ernesto endureció el

rostro.

 

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—No sé qué está insinuando.

Alejandro lo miró directamente.

—Todavía nada.

Se marchó veinte minutos después.

Pero ahora estaba seguro de una cosa.

Ernesto tenía miedo.

Y los hombres poderosos rara vez tenían miedo de historias falsas.

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Tenían miedo de pruebas.

Aquella noche Alejandro llamó a Gabriel Serrano, uno de los mejores auditores forenses de su grupo empresarial.

—Necesito que revises una empresa familiar de Jalisco. Los Robles. Todo lo que puedas conseguir legalmente: sociedades, movimientos corporativos, demandas, propiedades, créditos.

Gabriel guardó silencio.

—¿Cuánto tiempo?

—Empieza ahora.

A la mañana siguiente llegaron los primeros documentos.

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Tres días después, apareció la primera anomalía.

El dinero supuestamente robado no había desaparecido en una sola operación.

Había salido en pequeñas cantidades hacia proveedores.

Proveedores que, sobre el papel, vendían fertilizante, maquinaria y alimento para ganado.

Pero varias empresas compartían direcciones.

Dos tenían administradores relacionados con la familia Robles.

no podía garantizarlo.

 

—No fue lo único que dijo.

Mariana miró hacia la habitación donde Sofía jugaba con unas muñecas viejas.

—Me recordó que estaba embarazada.

Alejandro sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Mariana cerró los ojos.

—Sí.

La palabra fue casi un susurro.

Alejandro se sentó frente a ella.

—Sofía…

—Es tu hija.

Durante varios segundos, ninguno habló.

Alejandro había negociado empresas enteras.

Había perdido millones en inversiones.

Había enterrado a su madre.

Nada lo había preparado para aquellas tres palabras.

—¿Por qué no me buscaste?

Mariana soltó una risa rota.

—Te busqué.

Alejandro frunció el ceño.

—No.

—Sí.

Se levantó, abrió un cajón y sacó una caja de cartón.

Dentro había sobres.

Muchos sobres.

Todos dirigidos a Alejandro Mendoza.

Algunos tenían más de tres años.

—Te escribí cuando descubrí que estaba embarazada.

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