—Tus cuentas bancarias han sido congeladas y la residencia Sterling ha sido embargada por la fiscalía —le informé con voz pausada y serena—. Mis abogados ya están tramitando la demanda de divorcio y la pérdida total de tu patria potestad sobre Leo y Luna.
—¡No puedes hacerme esto, Elena! ¡Soy el padre de esos niños! —sollozó David mientras los oficiales lo ponían de pie con firmeza para colocarle las esposas.
—Un verdadero padre protege a sus hijos, no los vende para complacer la ambición de su familia —sentencié, dándole la espalda definitivamente mientras los agentes lo retiraban de la habitación.
La suite volvió a quedar en un silencio reparador, iluminada por los primeros rayos del sol de la mañana que se filtraban por el ventanal del balcón. Mike me entregó un vaso de agua fresca y se aseguró de que el personal médico ingresara para revisar mis heridas y evaluar el estado de los gemelos.
Acomodé a Leo y a Luna en mis brazos, sintiendo el latido constante y sereno de sus corazones contra el mío bajo las mantas de seda. La farsa había terminado para siempre, dejando el camino despejado para construir un futuro seguro y lleno de justicia para mis pequeños.
El Fiscal General ingresó a la habitación minutos después, confirmando que las pruebas eran irrefutables y que la familia Sterling enfrentaría décadas en prisión por sus crímenes. Sonreí con la certeza de que ninguna amenaza volvería a cruzar la puerta de nuestro hogar, prometiéndoles a mis bebés una vida donde la verdad y la dignidad serían su único legado.